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junio 28, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

De qué escribir hoy

Por: Pedro Conrado Cudriz

De qué escribir en estos días largos y soleados, me preguntaba mientras iba a trote de jumento al parque del cementerio a reunirme con los mismos de todos los días a hacer ejercicios para continuar sanos. Es todavía de madrugada y el día pinta poético. La brisa nos abraza. 

Voy a empezar prestándole a Arturo Denarváez su confesión: “Todavía no sé quién soy. A través de la vida y de la pintura he ido buscándome para descubrirme e ir configurando poco a poco una identidad, una idea de mí mismo. Podría decir que soy una persona obstinada, impaciente, ansiosa, híper activa, un estajanovista del arte… Soy una persona que pinta cuadros, que lo hace con las entrañas. No me interesa mostrarle a nadie si lo sé hacer o no. Eso se lo dejo a quien está comenzando”.

La escritura. No, no hay respuestas que satisfagan a nadie, apenas la intermitencia de alguna emoción, de un aguacero infernal, de la escritura que no afloja la calma, de la risa de la tía Miriam, el gesto afable de un amigo, la búsqueda ardorosa de quien soy, o no soy, las piedras en el camino, la lucha del perro por no ser perro, la fruta que amenaza con precipitarse a tierra, las manos que no engañan, el goce y el sufrimiento, la intriga y la insatisfacción de siempre, ser y no ser, la máscara, todo en unas líneas, la ilusión de los ilusos y los utópicos, las huellas de las manos en los libros, las huellas de los libros en uno, la intriga, el papel en blanco, la inmovilidad y el silencio, la pereza y otra vez la escritura, la búsqueda y otra vez la escritura…

Puerto Leguízamo. Caca, hombre en penumbra, la guerra, caos en el caserío, un crucificado, un caballo desbocado, sangre en la arena, mujeres corriendo a toda prisa, bólidos, el universo en pleno desorden, cielo gris y apocalíptico, camuflaje, la radio en silencio obligado, la música del silencio, gorra verde, lágrimas, todos corriendo, miedo y susto de una vez, el caballo alejándose sin pensarlo, tropezones, muslos inflamados, escondite, la cantina sola, el vacío, una vaca llorando, caminata de las horas, lentas, lágrimas en la alfombra de la tierra, se oyen voces y gritos, disparos, los soldados lejos de la patria, kilómetros de distancias, muerte súbita sin el balón de fútbol, una bala corre para alojarse en el corazón de un árbol, ladridos graves de perros domésticos, una joven corre sin destino, se abraza a un niño muerto, tiembla, todos tiemblan, salvajes momentos, otro disparo, otro cadáver sin las velas, recuerdo ahora una película de vaqueros, no sé lo que pienso viendo correr las escenas en el noticiero. Ayer estaba bien, hoy con el cerebro magullado. Otros disparos, la guerra encima del país, la muerte otra vez y otra vez la bestia…

Chernóbil. Aquel mundo donde ahora me encontraba era un desierto oscuro, no había cielo y no se veía vida a cien metros de distancia, ni animales ni hombres, ni árboles, solo una neblina gris y una sensación de estar ahogándome en un mar de aguas gelatinosas e invencibles.

-Señor, ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?, le pregunté al abuelo que parecía un extraño sujeto estacionado de por vida en el aire.

-Acá, señor, contestó el demacrado anciano, no existe el tiempo.

Me observé a mí mismo y pregunté entonces por mi vida y no logré recordar mi fecha de nacimiento; peor aún, olvidé quién era en medio de la desesperación y la agonía del lugar.

Y no vi más al abuelo.

El triunfo en una carrera plana. Ya ganaste y no hay nada más del otro lado del mundo. Quedaste pleno, lleno, barriga cargada de heno y vacío. Ese es el problema de la experiencia con el éxito. Por esta razón he preferido siempre la derrota, eso dijiste un día verde de los juegos de mesa y lo repitió alguien. La derrota no llena, siempre está flaca y hay que buscar la manera de engordarla y alcanzar la cima de la montaña otra vez. Ese es el motivo del salto. Y ahora que alcanzaste la altura de los mejores no sabes qué hacer con el triunfo, porque finalmente es como la agonía de la derrota y los derrotados. La paradoja de Zenón de Elea –Aquiles y la tortuga – es el grito de los deseos pero no tan lejos de la realidad.  Hay que partir de cero otra vez. Bendito cero. Ayer te observé mientras celebrabas el éxito. No estabas tan feliz, había en los ojos de tu alma todavía medio vaso vacío. Mirabas para todas las partes de los lados conexos buscando mis ojos, sabías que un triunfo es otra derrota más del espíritu y reíste otra vez pensando otra vez en el bendito cero.