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junio 5, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

Mi barrio es mi patria

Por: Juan Sebastián De la Hoz Navarro

Mi barrio es el otro. Es el nadie. Es la sed huérfana del perro que bebe a lengüetadas de la cloaca. Es la eterna madrugada de la matriarca que espera que sus retoños regresen sanos a casa. Es el ceño fruncido del adolescente obstinado que sueña con ser el nuevo Escobar Gaviria.

Mi barrio es eso. Un ser de frágil convicción que vende su conciencia por setenta mil pesos, una bolsa de cemento o una teja de zinc. Es la mirada del ciego, la pierna del mocho, la mano del manco, el arma del eunuco.

Vengo de ahí, del barrio chico de Piero. Soy el Campesino Parrandero de Jorge Oñate, el acordeón de Alejo Durán, las plegarias de Irene Martínez. Entiéndeme buscando la etimología de “mondá”. Encuéntrame en la prosa de Raúl Gómez Jattin, en la de Gonzalo Arango. Búscame ahí, en las lágrimas negras del flagelante, en el sudor de las vendedoras de cocada, en los cayos de Moncayo.

Amo aquí. Amo mi arrabal. Amo la especialidad clínica con que distingo la pólvora festiva del fragor de las balas; pero hace rato que nos llevó el putas. Somos la complicidad de los primos que se turnan para violar a una recién nacida; somos el protestante muerto; somos el cimarrón con el camino de huida trazado sobre su cabeza.

Insisto. Mi barrio es el otro. El concepto olvidado del diccionario. La quinta pata del gato. Un baldío carente de la misericordia de Dios. El nombre que se le olvida al jefe. La cuadra que no sale en Google Maps. Aquello que nadie quiere nombrar cuando se habla de patria. El que no aparece en los discursos ni en la agenda turística.

Pero también es el que sostiene al país: el que madruga, el que sobrevive, el que entierra a sus muertos y, al día siguiente, vuelve a abrir la tienda.

En mi barrio amanecemos con las botas al revés, y a los mentirosos la boca se les llena de hormigas. Aquí se vota sin creer, se trabaja sin contrato, se reza sin templo.

Nosotros somos quienes ponemos los muertos en las estadísticas y los vivos en los oficios donde nadie quiere trabajar.

Pero no se dejen engañar: no nacimos así, nos hicieron. Nos cincelaron desde escritorios lustrados, entre corbatas y oficinas con aire acondicionado, redactando destinos que nunca preguntaron si queríamos. Desde allá, lejos del polvo de nuestros caminos, diseñaron promesas que no entendían nuestra hambre ni nuestra esperanza.

Nos miran de reojo, como si fuéramos una rareza del paisaje, porque preferimos el bramido del pickup al sabor rancio del sushi; porque elegimos quedarnos aquí, donde la tierra todavía reconoce nuestros pasos, en lugar de huir hacia la despiadada ciudad que tritura nombres y devuelve sombras.

Y entonces nos juzgan. Nos llaman atraso, nos llaman tercos. No lo entienden. Lo que ven como obstinación no es más que arraigo: la última devoción que le queda a quien ha aprendido que abandonar la tierra es, a veces, otra forma de perderse.

Pero nuestra desgracia es merecida. Nos encanta coronar salvadores de utilería que aparecen cada tres años con la sonrisa plastificada, ojos de vidrio y un bolsillo lleno de promesas. Mesías de esquina, neopersoneros de asamblea estudiantil, tan gastados de discurso que ya solo les queda prometer piscinas en cada cuadra.

Somos nosotros. Somos el barrio. Seis mil cuatrocientos dos habitantes que claman por redención. Somos eso que Pierre Bourdieu llamó habitus: la forma en que la historia se nos mete en los huesos y dicta nuestras gestas, nuestros límites, nuestros sueños. Somos, para los de arriba, el grano de maíz pegado al excremento. Una invención útil para que otros sigan creyéndose superiores.

Mi barrio es de barro. Mi barrio es el tuyo. Es la herida colonial que aún no sutura.
Mi barrio es Colombia