Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
“La gratitud no consiste solo en agradecer lo extraordinario, sino en reconocer el valor de aquello que ocurre todos los días y que damos por hecho.”
— Henri Nouwen
Hay algo profundamente humano en olvidar los milagros cotidianos. Nos despertamos, caminamos, respiramos, comemos, dormimos… y rara vez pensamos en todo lo que tiene que funcionar correctamente para que esas acciones simples ocurran. Entre todas ellas, quizá una de las más ignoradas —y hasta motivo de burla— es hacer popó.
Sí, algo tan básico como ir al baño.
Suena extraño convertirlo en tema de reflexión, pero basta con hablar con una persona que padezca estreñimiento crónico, síndrome de colon irritable, cáncer intestinal, insuficiencia digestiva o alguna enfermedad gastrointestinal para entender que evacuar sin dolor y con normalidad no es una trivialidad: es salud, equilibrio y vida funcionando.
El cuerpo humano realiza un trabajo impresionante en silencio. Desde que un alimento entra a la boca, comienza una cadena compleja de procesos biológicos: digestión, absorción de nutrientes, filtración, movimiento intestinal, eliminación de desechos. Miles de reacciones químicas coordinadas trabajan sin que tengamos que pensar en ellas. Y aun así, la mayoría de las veces solo prestamos atención cuando algo falla.
Vivimos acostumbrados a que todo funcione. Por eso la normalidad nos parece insignificante.
Tal vez ahí está uno de los grandes problemas de nuestra época: hemos perdido la capacidad de asombro frente a lo cotidiano. Esperamos grandes acontecimientos para sentir gratitud, cuando la vida realmente está sostenida por pequeñas victorias invisibles. Poder levantarse sin dolor. Respirar sin dificultad. Comer con apetito. Dormir tranquilo. Ir al baño normalmente.
Nada de eso está garantizado.
La sociedad moderna nos empuja constantemente hacia la insatisfacción. Siempre falta algo: más dinero, más éxito, más reconocimiento, más viajes, más cosas. Y mientras perseguimos lo extraordinario, dejamos de valorar lo esencial. Paradójicamente, muchas personas descubrirían la felicidad si por un instante entendieran cuánto vale aquello que hoy consideran obvio.
Agradecer no significa conformarse ni negar las dificultades. Significa reconocer que incluso en medio del caos existen bendiciones silenciosas sosteniendo nuestra existencia. El cuerpo, cuando funciona, es una obra extraordinaria de equilibrio. Y entender eso cambia la perspectiva.
Quizá por eso algunas de las personas más conscientes de la vida no son las que más tienen, sino las que alguna vez perdieron algo esencial: la salud, la movilidad, la tranquilidad o la posibilidad de realizar acciones simples sin sufrimiento.
Hay una humildad poderosa en reconocer que incluso algo tan aparentemente ridículo como hacer popó puede recordarnos nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, nuestra fortuna.
Porque al final, la gratitud no nace únicamente frente a los grandes milagros. También aparece cuando entendemos que sobrevivimos gracias a cientos de pequeños milagros diarios que ocurren dentro de nosotros sin hacer ruido.

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