“El desprecio hacia los pobres que piensan diferente es una forma de elitismo disfrazado de conciencia social.”
— Jessé Souza
Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
A medida que Colombia se acerca a las elecciones presidenciales de 2026, el debate político vuelve a llenarse de explicaciones simplistas sobre el comportamiento electoral de los sectores populares. En redes sociales, columnas de opinión y discusiones cotidianas aparece una idea que se repite con insistencia: cuando los pobres votan por opciones de derecha, lo hacen por ignorancia, manipulación o falta de conciencia de clase.
La afirmación parece contundente, pero esconde un problema de fondo: reduce la complejidad social a un estereotipo.
Durante las campañas electorales suele escucharse que “los pobres votan contra sus propios intereses”. Aunque la frase se presenta como un análisis político, en realidad muchas veces refleja una mirada paternalista. Parte del supuesto de que existe una forma “correcta” de votar cuando se vive en condiciones económicas difíciles, y que cualquier decisión distinta solo puede explicarse por desinformación o engaño.
Sin embargo, la política rara vez es tan simple.
Las decisiones electorales no se toman únicamente desde el bolsillo. En ellas influyen también la cultura, la religión, la experiencia personal con el Estado, la percepción de seguridad, el deseo de estabilidad o las expectativas de progreso individual. El voto es una mezcla de razones materiales, valores, emociones e historias de vida.
En muchos barrios populares del país, por ejemplo, el discurso del esfuerzo personal tiene un peso enorme. El comerciante que levantó su pequeño negocio, el mototaxista que sostiene a su familia o el trabajador informal que lucha día a día por salir adelante suelen interpretar el progreso como resultado de su propio esfuerzo. Para ellos, las promesas políticas se filtran a través de esa experiencia cotidiana.
Eso no significa que las desigualdades estructurales no existan. Colombia sigue siendo un país profundamente desigual. Pero reducir las decisiones políticas de millones de ciudadanos a una supuesta “falsa conciencia” termina negando su capacidad de interpretar la realidad desde su propia experiencia.
Y ahí aparece una paradoja incómoda en el debate político actual. Algunos discursos que se presentan como defensores del pueblo terminan hablando de él como si fuera incapaz de pensar por sí mismo. Cuando se afirma que el pobre que vota distinto “no entiende”, en el fondo se le está negando su condición de sujeto político.
La democracia, sin embargo, se sostiene sobre una premisa distinta: las personas pueden compartir condiciones económicas similares y, aun así, tener visiones muy diferentes sobre el país que desean.
En el contexto de las elecciones presidenciales de 2026, esta discusión adquiere una importancia especial. La polarización política ha convertido muchas conversaciones públicas en una disputa de etiquetas: “uribistas”, “petristas”, “anti-petristas”. Pero detrás de esas categorías hay millones de ciudadanos que votan movidos por preocupaciones concretas: la seguridad en su barrio, el costo de vida, el empleo, el futuro de sus hijos.
El voto popular, en ese sentido, no responde a una fórmula ideológica fija. Es una expresión de identidades, aspiraciones y experiencias acumuladas.
Por eso, más que ridiculizar o descalificar al ciudadano que vota distinto, el verdadero desafío democrático consiste en entender por qué lo hace. Comprender al votante es mucho más difícil que etiquetarlo, pero también es la única forma de construir una política que realmente dialogue con la sociedad.
Tal vez la pregunta no sea por qué algunos pobres apoyan a la derecha en Colombia. Tal vez la pregunta más incómoda sea por qué ciertos discursos políticos siguen creyendo que tienen el monopolio de la conciencia social.
Porque en democracia, incluso el voto que incomoda también es una forma de dignidad.

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