Por: Pedro Conrado Cudriz
Para los griegos el idiota era el que actuaba a nombre de sus intereses privados. Es decir, el que no le interesaba para nada lo público. Usted dirá que los que compran y venden el sufragio son idiotas, porque actúan a nombre de sus intereses particulares, y es cierto. Los intereses comunitarios no existen, han sido reemplazados por los personales.
(existen tres intereses alrededor del quehacer político: el de la comunidad, el del partido y los particulares, que desde siempre han estado divorciados de los intereses de partido y comunitario)
Para los griegos usar esta expresión no era grosería ni un insulto, era el hecho de reconocer que el interés particular era más importante que el interés de la comunidad y más importante también que los intereses de Estado.
La palabra (ἰδιώτης idiṓtēs) tampoco tenía ninguna relación con el coeficiente de la inteligencia humana.
Uno cree que el que actúa a nombre del Estado no debe ser ningún idiota, debe ser un hombre culto y decente. Eso creemos…
Estos estos dos valores, el culto, que está relacionado con la experiencia comunitaria como pensaba Ernesto Sábato; y el otro valor, el decente, que es un factor moral y ético ahora subversivo, son aplicables en la actualidad a sociedades bienhechoras y respetuosas de los derechos humanos.
La versión griega del idiota, reitero, era para señalar al individuo que se desmarcaba de lo público y se concentraba en la vida particular o privada. O sea, le importaba nada la evolución del Estado democrático o la sociedad en la que convivía.
El ciudadano de marras se divorciaba de la vida cívica de su territorio una vez nacía. Lo que ocurre hoy con los hijos de las élites colombianas, que se educan en escuelas privadas de alto valor financiero. El resultado es desastroso socialmente hablando, porque se auto-marginan y pierden el contacto con la gente excluida de todo, a la que terminan odiando e invisibilizado cuando llegan al poder.
No es cierto que las sociedades no necesiten a los inútiles o idiotas del común; es pertinente ganárselos para el desarrollo democrático de la ciudad y comprometerlos con el bienestar social de la comunidad. ¿Cómo hacerlo? Hay que sacarlos de la marginalidad en la que han vivido por generaciones.
La marginalidad no es humana pero sí es politiquería.
El ciudadano privado es la negación de la comunidad, porque desconoce al otro como coadyuvante del bienestar de todos.
Uno puede pensar que el idiota es un redomado egoísta, un pésimo ciudadano, un ser egocéntrico e indiferente a la realidad del mundo donde convive, un sujeto sin sensibilidad social, convertido por el sistema en un obstáculo comunitario. Claro, es hijo de un modelo de vida global excluyente e impuesto por el capitalismo de masas.
Y nos atrevemos a pensar en la tacañería social del idiota, en su pobreza espiritual, en su falta de carácter, porque el régimen le despojó la dignidad y terminó devolviéndola en ideología de uso de clase social y pronto, muy pronto, les dona la identidad política que no han tenido nunca. Esa es la razón incómoda para ser uribistas, Vargasllerista, etc.

Muy atinado