Por: Aurelio Pizarro
Qué duda cabe de que los colombianos somos tan viscerales que solo necesitamos que los medios de comunicación o las redes sociales nos lo insinúen, para correr a endiosara cualquiera o salir a volarle la cabeza a quien sea. Es por eso que los mismos que adorábamos a la Selección Colombia hasta hace unos meses, no dudamos ahora en maldecirla o en ignorar su nombre. No hay remedio, no tenemos término medio: u odiamos o amamos. Y eso es malo. Es malo porque nos enceguece; es malo porque nos convierte en simples y enfurecidas marionetas. Tan ocupados andamos intentando lapidar al director técnico de la Selección o a sus jugadores, que ni siquiera se nos ha pasado por la cabeza cuestionar a la mafia que se mueve detrás, a los titiriteros de la Federación que lo controlan todo. Exactamente igual nos pasa con la política. Aquí nos ven, tirándonos los trastos a la cabeza, sin tener ojos para el sector empresarial o para el financiero y destilando bilis hasta por los poros. Con la diferencia de que en el caso de la Selección solo nos jugamos la asistencia a un mundial. En el caso de las elecciones nos lo jugamos todo.

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