Por: Pedro Conrado Cudriz
Todos, después de todo, somos raros.
El odio es una emoción visceral y es tan natural cuando sin la interferencia de ideologías políticas la sentimos y la encausamos contra aquel que nos ha causado una ofensa imperdonable. Deseamos herirlo, matarlo, pero es un simple deseo personal que no va más allá de lo pensado.
No, no es delito odiar así, así de esta manera.
Pero cuando es programado por un partido político las causas y las consecuencias cambian, igual que sus efectos colectivos. La ética civil entonces se ve superada por el programa del mal. La inmoralidad de los violentos se descubre ante todos los ojos de la nación.
Si nos atrevemos a revisar el pasado que dio lugar al Frente Nacional quizás comprenderemos los cuchillos del odio. Mi versión es que nos han enseñado a odiar y lo hemos aprendido como niños de escuela. Que en estas elecciones se haya hecho uso del odio para ganar la presidencia no es raro. El odio ha sido cultivado desde generaciones anteriores. La semilla se sembró desde hace más de ciento cuarenta años.
¿Se acuerdan de los pájaros azules, sicarios políticos persiguiendo liberales? Las imágenes publicadas en el libro La violencia en Colombia del cura Guzmán y de Fals Borda nos horrorizaron en la universidad cuando estudiábamos sociología y nos siguen afectando. No respetaron mujeres, niños y campesinos, los mataban y luego los descuartizaban como gallinas, y a las mujeres embarazadas les rajaban el vientre para extraer la semilla liberal. Nada nuevo si recordamos también la cacería contra la Unión Patriótica.
El lema secreto en el gobierno Barco era No pasarán. Y hoy también, aunque con el cinismo de la muerte.
Mi hermana Angélica me regaló el libro: Un manual del conflicto colombiano: Violentología, editado en el 2012 y cuyo autor es Stephen Ferry. En este texto se recuperaron imágenes de odio, que nos paran los pelos de punta, como decían las abuelas.
Ahora comprendemos el origen del odio, el veneno inoculado desde la iglesia, la escuela, la familia, el vecindario, el poder de Estado, la historia y los partidos en el poder. Y ahora también sabemos porqué nos mienten, mejor, porqué la mezcla de la mentira y el odio. Ya sabemos cómo mienten y usan a las gentes por el filtro del odio.
Odian ontológicamente la verdad del otro, al que niegan, invisibilizan y asesinan.
A propósito, la compra y venta del voto, o el mismo clientelismo es odio. En otro de mis artículos he comentado esta clase de emoción política.
El odio no aparece de un día para otro. Mucho tiempo antes ya ha sido manifiesto cuando en la vida cotidiana excluimos, o marginamos los extraños: negros, lesbianas, putas, cachonas, locos, homosexuales, o como cuando escondemos en casa a un niño con el síndrome de Down u otra enfermedad rara.
(La escuela debería invitar a los raros para no solo mortificar los egos, también para saber que finalmente todos somos anormales.)
El odio tiene historia política y entornos culturales. Cada uno de nosotros es testigo presencial del trato que reciben los raros e incluso, la burla que se le propina al raro es un factor de desprecio, de no aceptación, porque lo consideran un error de la naturaleza humana. Hace días escuchaba a alguien decir que no veía el fútbol femenino porque era fútbol lesbiánico.
Nos han enseñado a odiar para intentar crear una sociedad homogénea como la liberal-conservadora, recuerden el Frente Nacional. Hoy el proyecto abelardista persigue lo mismo, él odia lo plural, lo diverso, lo étnico, aunque él mismo es un animal humano estrambótico y raro, que ahora gobernará para la familia pura y sangre azul.
El odio de hoy no es un odio inocente, es instrumentalizado para gobernar una mayoría que no es mayoría, porque es una minoría de minorías pobres y jodidas y atascada en su propia ignorancia ética, cívica y política. Se dejaron llevar del espectáculo ambulante del candidato Abelardo De La Espriella y leyeron una relatoría simple sobre la vida del gobierno progresista, igual leyeron un diagnóstico simplista de la realidad colombiana, que fue y es políticamente mentiroso y criminal.
Una de las cosas que nos llama poderosamente la atención, es la indiferencia cómplice de varios sectores de la sociedad. Aparentemente no hay una conciencia activa de odio y, sin embargo, no hacer nada frente al fenómeno abelardista los convierte en cómplices de la distopía o el caos. La conciencia pasiva no es tan pasiva, porque ésta tiene grietas por donde se cuela la información del malestar del odio, que se siente y mortifica. Y hay maneras muy sutiles de manifestarlo como las burlas, o como cuando te ven y te gritan en broma Abelardo, o se colocan la mano en la frente. Rituales de la “estética del odio.”
Lo cierto es que negaron y siguen negando al otro, al que finalmente han homologado a un partido político, El Pacto Histórico, y al que hay que odiar, anular y exterminar como sea. Ya iniciaron la cacería de brujas intentando una contrarrevolución agraria en varios puntos de la geografía nacional y se registró una caravana de autos con banderas nazis y ataques agresivos a las gentes que votaron por Cepeda. O detenemos el odio o regresamos otra vez a La época de la violencia, o a los tiempos del aniquilamiento de la Unión Patriótica.

Pertinente en una época de resistencia y reflexión, atinado amigo Pedro