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julio 20, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

Confesión animal

Por: Pedro Conrado Cudriz

En casa tuvimos un cierto día un rico perro, Tibio, era su nombre. Dormía 14 horas al día, como la mayoría de los animales humanos (1); a veces contemplaba por la ventana -vivo en un segundo piso – el día, y creo que le importaba un comino cómo le iba al mundo, o si el sol chamuscaba la piel, la tierra, o si llovía y le tocaba mojarse los “zapatos.” Cosas de perro dirán algunos. Era un animal desconfiado como su dueña, porque le ladraba hasta los amigos cuando llegaban a casa y luego se calmaba eternamente y corría a sentarse en un mueble.

Tibio murió antes de los 14 años, y después de aquel luto de tierra seca vino Bruce, un perrito parecido a él, producto de un regalo de cumpleaños que Lisa-amiga le hizo a mi hija Melissa Milena. Meli le puso el nombre de Bruce, un animalito surgido de la reencarnación de Tibio, casi igual desde lo físico y, además, desconfiado y querido. La reencarnación es una corriente filosófica de vieja escuela, aquella que defiende que el alma o el espíritu de un muerto comienza una nueva vida en otro cuerpo vivo. Y me preguntaba y me sigo preguntando: ¿Un animal puede tener sentido de vida? Les confieso que me quedaba en actitud meditativa consultando mi experiencia animal. ¿Veinte años son muchos días para un can y muchos para una conclusión?

Y recordaba que yo también podía llevar una vida canina sin problemas cotidianos y darwinianos. En la policía los perros, por ejemplo, sirven, después de un largo y disciplinado entrenamiento para la detección de drogas en los aeropuertos. Otros canes forman parte de varios espectáculos circenses. Otros compiten en carreras de perros, vistas en televisión o en cine. Además, cuidan la casa, o sea, prestan un servicio de vigilancia gratis. Y lo más increíble es la gratuidad. Simplemente la practican y seguro la realizan por el placer animal de agradecer el buen trato. Y también son entrenados para detectar seres vivos en las ruinas que deja un terremoto en un X punto de la tierra del mundo. También nos ejercitan para guiar ciegos, o para ayudar a niñas a sobreponerse de los síndromes traumáticos de una violación.

Les confieso un secreto: Yo soy el que escribe, soy el perro Tibio, él que reencarnó en Bruce. Perdonen la truculencia. Ya fui al cielo, por cierto, pero no importa porque yo puedo hablar desde los dos mundos, el mío y el de Bruce. Eso lo hacen los abuelos. Les pregunto: ¿Algunos de ustedes no siguen escuchando todavía la voz de un abuelo en el hotel del cielo?

Mi especialidad era no hacer nada, ladrar de vez en cuando, esperar que llegara Melissa, mi tenedora. Yo, qué extraño, sabía- a pesar de la distancia, cuando Meli se bajaba del autobús; no sé si por intermedio del olfato o de otra de mis facultades misteriosas.

De cualquier manera, cuando el papá de Mely leía prensa, o cualquier libro, yo me ubicaba debajo del mecedor y él era muy feliz estando yo cerca de sus pies, y me sobaba. Era un ritual diario. A él le molestaba que me moviera, que hiciera algo que le perturbara la lectura, y yo no hacía nada para no molestarlo. ¿Para qué?  Aristóteles, según el papá de Melissa Milena, tenía toda la razón cuando decía que era mejor la vida contemplativa que la vida laboral. Y otro filósofo, que él cita de memoria, ahora no lo recuerdo, creía que los animales también han logrado pensar como los humanos. Y tienen derechos animales como los humanos. ¿Ustedes qué creen?

1.        Pienso que, si todos somos naturaleza, todos somos humanos. Y si todos somos humanos todos somos naturaleza. No puede haber distintos nombres para los árboles, los perros, para los gatos y el hombre. Porque todos somos hijos de la naturaleza, que es el dios de Espinosa. La división es la que le ha hecho daño a la humanidad. Los poderosos y los menos poderosos son los que han martirizado al campo, a los bosques, a la tierra, a la Amazonía. ¿Pájaros en trampas?

Debemos buscar una expresión que vaya más allá de lo humano, una palabra que nos recoja a todos los seres. Humano, qué vergüenza.