Por Adalberto Llinás ·
Hoy la salud colombiana no enfrenta únicamente un problema de dinero; enfrenta una crisis de propósito. Porque cuando los recursos dejan de fluir, cuando los hospitales deben sobrevivir esperando pagos atrasados, cuando un paciente debe convertir su necesidad en una batalla administrativa, la enfermedad deja de ser solamente un asunto médico y comienza a convertirse en una experiencia social de incertidumbre y angustia.
Hay momentos en la historia de las naciones en los que las instituciones dejan de ser simples oficinas, normas o estructuras burocráticas, y se convierten en espejos donde una sociedad contempla su propio rostro. En esos momentos, los sistemas construidos para organizar la convivencia muestran tanto sus grandezas como sus heridas. Colombia se encuentra hoy frente a uno de esos instantes históricos.
Durante más de tres décadas, Colombia construyó una de las transformaciones sociales más importantes de su historia reciente. Millones de ciudadanos que alguna vez estuvieron excluidos del sistema sanitario lograron ingresar a un modelo de aseguramiento que reconoció la salud como un derecho y no simplemente como un privilegio asociado al empleo o a la capacidad económica.
Pero la historia de los sistemas de salud tiene una paradoja permanente: aquello que ayer fue solución puede convertirse mañana en un desafío si no evoluciona al ritmo de la sociedad que pretende proteger.
Durante los últimos cuatro años, las grietas acumuladas del sistema dejaron de ser fisuras administrativas y comenzaron a convertirse en fracturas institucionales. La fragilidad financiera, la pérdida de confianza, el deterioro de la relación entre aseguradores y prestadores, y la incertidumbre sobre el futuro de millones de afiliados revelan que Colombia llegó al límite de un modelo que requiere una profunda reconstrucción.
No para destruir lo construido. Sino para edificar sobre el camino avanzado.
La UPC: el corazón financiero del sistema que comenzó a latir por debajo de sus necesidades
La UPC es el valor que el Estado reconoce a cada EPS por cada afiliado, para cubrir toda su atención en salud durante un año. El problema es que, durante varios años, ese valor creció por debajo de la inflación médica real y del envejecimiento de la población. En 2025 el ajuste fue de apenas 5,36 %, cerca de once puntos porcentuales por debajo de lo que el sistema realmente necesitaba.
La consecuencia se mide en un indicador clave: la siniestralidad técnica, que en 2025 llegó a 111,7 %. En palabras simples, por cada 100 pesos que una EPS recibe para atender a sus afiliados, debe gastar 111,7 pesos solo en servicios médicos, sin contar aún los costos administrativos. Ninguna organización puede sostener durante mucho tiempo un modelo en el que gasta más de lo que recibe.
| Déficit actuarial acumulado (2021–2025) | 34,2 billones de pesos |
| Siniestralidad técnica 2025 | 111,7 % |
| Patrimonio consolidado de las EPS | –16,86 billones de pesos |
| Cartera de las EPS con hospitales y clínicas | 32,9 billones de pesos |
| Colombianos en EPS intervenidas o frágiles | ≈ 19,8 millones |
| Aumento del gasto de bolsillo (quintil más pobre) | de 7 % a 12 % del ingreso familiar (+71 %) |
| Rotación de pasivos del sistema | de 122 días (2024) a 190 días (2025) |
El acelerado deterioro del calce de reservas técnicas —que descendió de un robusto 81,3 % en 2021 a un crítico 32,6 % al cierre de 2025— constituye la prueba fehaciente de una insolvencia estructural derivada de un financiamiento insuficiente, que obligó a las aseguradoras a consumir sus activos líquidos e inversiones para intentar sostener la operación asistencial
Ante esta fragilidad sistémica, resulta imperativo instituir una nueva gobernanza técnica mediante la creación de un Comité Autónomo en Salud (CAS) de planeación independiente conformada por expertos
El precio de la espera: cuando las fracturas del sistema de salud llegan al paciente antes que la solución
Detrás de cada cifra hay una historia distinta. El aumento del gasto de bolsillo significa que las familias más pobres del país destinan hoy una proporción mucho mayor de su ingreso a medicamentos y consultas que antes deberían estar cubiertos. La pérdida de confianza institucional se refleja en que las peticiones, quejas y reclamos en salud superaron los dos millones al cierre de 2025, y en que las tutelas en salud crecieron 25,3 % en el primer trimestre de ese año.
La conclusión es clara: cuando el sistema pierde capacidad financiera, el efecto no se queda en un balance contable. Se traduce en citas aplazadas, tratamientos interrumpidos y en un ciudadano que debe acudir a un juez para reclamar lo que la ley ya le reconoce.
Tres acuerdos para sanar el sistema: una nueva arquitectura basada en equidad, eficiencia y humanidad

Esta crisis no requiere destruir lo construido —treinta años con cobertura casi universal son un logro real—, sino una intervención ordenada, técnica y con visión de largo plazo. Puede resumirse en tres pasos secuenciales.
PASO 1 Preservar
La prioridad inmediata debe ser proteger al paciente como centro del sistema. Ninguna transformación institucional puede justificarse si genera interrupciones en tratamientos, retrasos en medicamentos esenciales o pérdida de oportunidad diagnóstica y terapéutica. La salud no puede analizarse únicamente desde balances financieros; debe comprenderse como un sistema donde cada decisión administrativa tiene consecuencias directas sobre la vida humana.
Paralelamente, Colombia necesita implementar un plan extraordinario de recuperación financiera, orientado a inyectar liquidez al sistema y restablecer la cadena de pagos entre aseguradores, hospitales, clínicas, proveedores tecnológicos y trabajadores de la salud.
Esta inyección de recursos debe estar acompañada de mecanismos estrictos de transparencia, seguimiento y evaluación técnica, evitando que los recursos adicionales se conviertan únicamente en una solución temporal. La recuperación financiera debe estar condicionada a planes de mejora, fortalecimiento institucional, gestión eficiente del riesgo y cumplimiento de indicadores sanitarios.
PASO 2 Modernizar
El segundo paso debe trascender la discusión exclusivamente financiera y orientarse hacia una evaluación integral de la calidad, pertinencia y capacidad de respuesta del sistema de salud colombiano. Antes de realizar transformaciones estructurales definitivas, el país necesita comprender con precisión qué funciona, qué requiere fortalecimiento y cuáles son los elementos que deben ser rediseñados para responder a los desafíos sanitarios del siglo XXI.
Esta fase debe constituir el verdadero punto de partida de una reforma sanitaria basada en evidencia, donde la pregunta central no sea únicamente cuánto cuesta el sistema, sino qué tipo de sistema necesita Colombia para proteger la salud de su población durante las próximas décadas.
La evaluación debe incorporar una visión multidimensional que considere los cambios sociodemográficos, epidemiológicos, tecnológicos y educativos que han transformado las necesidades sanitarias del país. Colombia ya no enfrenta exclusivamente las enfermedades infecciosas que caracterizaron décadas anteriores; hoy enfrenta una transición epidemiológica marcada por el envejecimiento poblacional, el aumento de enfermedades crónicas no transmisibles, la multimorbilidad, la salud mental, la discapacidad y la creciente demanda de tecnologías diagnósticas y terapéuticas de alta complejidad.
Por ello, el sistema debe ser evaluado desde sus componentes esenciales:
• La calidad y seguridad de la atención, analizando oportunidad, continuidad del cuidado, resultados clínicos, experiencia del paciente y capacidad resolutiva de las instituciones.
• La atención primaria en salud, fortaleciendo un modelo preventivo, predictivo y territorial que permita gestionar el riesgo antes de que la enfermedad avance hacia etapas de mayor complejidad y costo.
• La formación del talento humano en salud, revisando la pertinencia de los currículos médicos y de las profesiones sanitarias frente a las nuevas necesidades del país, incluyendo competencias en inteligencia artificial, salud digital, gestión del riesgo, humanización, investigación y salud pública.
• La formación y distribución de especialistas, garantizando una planeación nacional del recurso humano que responda a las necesidades territoriales y reduzca las brechas entre regiones urbanas y zonas rurales.
• La incorporación responsable de nuevas tecnologías sanitarias, evaluando su costo-efectividad, impacto en resultados clínicos y capacidad real de generar valor en salud.
Este proceso debe estar liderado y acompañado por la academia, las sociedades científicas, los centros de investigación y los actores técnicos del sistema, garantizando independencia, rigor metodológico y visión de largo plazo. La universidad debe recuperar su papel histórico como generadora de conocimiento y como puente entre la evidencia científica y la formulación de políticas públicas.
En este sentido, modelos de gestión organizacional como PLECOSER (Planeación, Ejecución, Control, Seguimiento y Retroalimentación) pueden complementar y fortalecer la capacidad institucional, promoviendo una cultura permanente de evaluación, aprendizaje, innovación y mejora continua dentro de hospitales, aseguradores y entidades territoriales.
PASO 3 Fortalecer
El sistema de salud del siglo XXI no puede continuar funcionando bajo una lógica predominantemente reactiva, donde los esfuerzos se concentran en atender la enfermedad una vez aparece. Colombia necesita evolucionar hacia un modelo basado en prevención, gestión integral del riesgo, innovación tecnológica y generación de valor en salud, donde la prioridad sea anticiparse a la enfermedad, mejorar los resultados clínicos y garantizar una atención continua a lo largo del curso de vida.
El porvenir del sistema sanitario colombiano está supeditado a nuestra determinación colectiva para convertir la insolvencia estructural en una coyuntura de evolución histórica. Es imperativo transitar de un modelo predominantemente reactivo, que responde de manera tardía a la patología, hacia una arquitectura sanitaria inteligente, predictiva y humanizada, diseñada para anticipar el riesgo, acompañar el curso de vida y proteger la integridad del ser humano
Para materializar esta visión, la reforma debe centrarse en una reingeniería de los incentivos financieros: los mecanismos de remuneración a los prestadores deben trascender el pago por evento o la capitación inercial —que hoy premian el volumen o la contención defensiva de costos— para migrar hacia modelos de contratación basados en el valor y el desempeño
En este nuevo esquema, el flujo de recursos estará vinculado estrictamente al cumplimiento de indicadores de calidad superior, metas de oportunidad verificables y resultados clínicos comparables, garantizando que la eficiencia del sistema se traduzca efectivamente en bienestar y vida para todos los ciudadanos. En este momento, el futuro de la salud colombiana dependerá de la capacidad colectiva para comprender que reformar un sistema sanitario no significa desmontarlo, sino transformarlo con inteligencia, evidencia y humanidad. La verdadera reforma será aquella que logre reconciliar eficiencia con equidad, innovación con acceso, tecnología con humanización y economía con el valor supremo de la vida.

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