Contacto

agosto 10, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

En un domingo como este, Martha murió

Por: Juan Sebastián De la Hoz Navarro

Hoy Martha ha muerto. O quizás ayer, no lo sé. Pero aquella casa grande, cimentada bajo las manos ebanistas de mis antepasados, cumple un año sin ser caminada. Aquellos trapos de lino, que otrora cubrían la piel de ébano de Martacha, se reparten entre mis primogénitos.

Mi abuela murió. O quizás fui yo, no lo sé. Pero hace un año mi mente es invadida por un dolor incesante. Un grito ahogado que arropa mi prosa y exorciza cualquier resquicio de ternura que sobreviva en mí. Hace un año el pueblo desdichado fue testigo de la desdichada caminata fúnebre de una occisa de dicha. Una mujer caribeña, amante de la salsa y de los boleros, que dejó esta vida escuchando al loco de su nieto decir que sería un gran escritor.

He de aceptar, Martha, que no he aprendido a vivir sin ti. Constantemente fantaseo con tu presencia. Juego a que estás conmigo en cada sala de espera. Rompo la fría rutina del contrasoriente conversando con la abuela ajena. Hablo con vendedoras de cocada, dulces, y con cualquier individuo que me recuerde tu afrocolombianidad, tu invisibilidad.

Porque tú, Martha, moriste apuñalada por el Estado. No fue un fallo renal, ni tus pulmones que se cansaron de respirar. Fue la mustia negligencia médica, insensibles seres, que no veían más allá de tu físico ya acabado, de tu desconocido apellido, de tu rostro inevocable.

Mojando el papel lo admito: en esa promesa vehemente que le hice a mi abuela de cubrir a Colombia entera con mi prosa, no está más que el deseo de ser, de darle voz y letra a los míos. Es, en esencia, egoísmo, o quizás resentimiento: el dolor que me dejó la despiadada muerte de mi segunda madre.

Me quema, me consume, no estar en la rosca. No ser parte del 1%. No ser nadie ante el mundo. Quizás, con un apellido no tan criollo como «De la Hoz», el destino de mi abuela fuese otro: no se le hubiesen ahondado las cuencas, no se le hubiese quebrado el canto; y quizás, yo tampoco estuviese aquí, nostálgico, intentando plasmar en letras este dolor inefable.

Lo cierto es que no sé cuándo comencé a entender que escribir podía ser una forma de venganza. Quizás fue aquel día en que comprendí que la muerte de mi abuela cabía en una historia clínica, en unas cuantas hojas manchadas de tinta y en el silencio burocrático de quienes nunca tuvieron que pronunciar su nombre. Quizás fue cuando entendí que para algunos la muerte es una tragedia y para otros apenas una estadística.

Pero mi abuela no es una estadística.

Tenía una voz.

Tenía una vida.

Tenía una manera particular de llamar a las personas, de hacer el café, de lavar la ropa. Tenía el cuerpo cansado, las manos gastadas y esa risa que parecía permanecer incluso cuando la enfermedad ya le había arrebatado casi todo.

Por instantes sonrió, me pierdo en las mieles del amor; pero, inexorablemente, vuelvo aquí. Recuerdo que Martha no está. Que aquella casa ya no la espera. Que su silla permanece vacía. Que nadie volverá a pronunciar ciertas palabras de la misma forma.

Pero aún si el llanto me arrebata las palabras, sigo aquí. Y a lo mejor, de eso se trata el escribir. De seguir aquí. De hablar cuando ya nadie responde, de nombrar a los que fueron olvidados. Insistir en que existieron.

Y por eso es que escribo, Martha. No sé si algún día seré un gran escritor, como te prometí. No sé si Colombia leerá lo que escribo ni si mi nombre emanará grandeza en un futuro.

Tampoco sé si quizás algún día deje de doler.

Probablemente no.

Pero si en alguna madrugada alguien encuentra tu nombre entre estas páginas y se detiene a pronunciarlo, Martha habrá vuelto a caminar, aunque sea por un instante, aquella casa que la muerte dejó vacía.

Y entonces comprenderé que escribir no fue mi manera de vengarte.

Fue mi manera de devolverte la vida.