Por: Pedro Conrado Cudriz
“Todo lo que no es experiencia interior no es profundo.” Cioran.
“Todo el mundo desea alcanzar el éxito para ser feliz. Es otra de las fantasías culturales contra la felicidad.”
No sé en qué momento mi escritura se volvió lacónica, minimalista, ni qué necesidad interior impusó su ley para que la síntesis formara parte de mi universo literario y poético. No sé, quizás fue el afán por utilizar el hacha afilada de la poesía y poder alargarle la nariz al asombro.
Sé que el microrrelato, o el nanorrelato y la micropoesía son unos ejercicios peligrosos, porque pueden volverse banales si no nos lanzamos al aire huyéndolo a un mundo fútil, acartonado y serio que aturde y nos gobierna.
Los autores leídos: Kafka, Monterroso, Benedetti, Cioran, Baricco, el mismo Borges, GGM, y otros que han ingresado a la nevera del olvido, fueron mis guías. Y cierto día supe que los primeros filósofos dieron comienzo a la escritura con los escolios, los aforismos y las frases cortas, aquellas que admiraba Borges.
No he podido detenerme en el ejercicio de escribir aforismos, cuentos cortos y poesía breve, en el marco del mal, o más bien del bien de la austera escritura mía. Es tal vez una salida inconsciente de mi psicología, una necesidad interior de freír la basura que ingresa sin descanso al alma cada día, y lo hago a través del arte terapéutico de la escritura.
En Visionarios se encuentra esa escritura comprimida, síntesis del viajero de la vida, del que toma la fotografía y luego se va, o escribe una anotación situacional en su bitácora diaria y luego abandona aquel mundo que le pinchó la sensibilidad.
Y sí, la austeridad escritural la fui perfeccionando con Emboscada, un texto lujurioso, burlesco, corrosivo, subversivo. Pero día a día el ejercicio continuaba sin detenerse un instante; quizá hice un paréntesis con el texto periodístico En Contravía, un libro buceador de lo que creo que soy. Sin embargo, antes, en Los poemas del amor y la guerra, ensayé otra escritura, la musical, la que va amarrada al canto y a la sonoridad de los amaneceres tibios de nuestra vida raramente flagelante.
Y luego, sin abandonar la austeridad, el verso y la desnudez poética descubrí que se estaba solidificando mi concepción de la vida y el mundo. Memoria diaria de un condenado, acompañado de la poesía de Tito Mejía Sarmiento: De la ciudad y sus amores ajenos, es la síntesis de mi universo poético, mi primer intento por compilar mi visión del mundo, mis preocupaciones y mis angustias existenciales vertidas también en otros géneros como las cartas (Libro al viento), los ensayos y artículos de prensa.
En ese poemario he defendido la derrota y al derrotado, ese sujeto olvidado y vilipendiado por el mundo de oropel.
Y ya carcomido por el género del aforismo y la austeridad literaria, la puesta en escena que surgió entre el vacío, la locura y la estupidez, se abrevió en El gato sin botas. Allí aparece la broma y lo contracultural, lo ensayístico, el filo corrosivo de las palabras escritas, el mal bien pensado, como diría Ciorán, o el malpensante como dirían los de la revista colombiana, que abrió otra ventana.
El gato sin botas es el juego contra el desafío de los 140 caracteres al abrir el cerrojo de la imaginación y la creatividad, una propuesta contra la mala educación de las redes sociales: la fealdad y la flojera de construir belleza, que ha sido siempre el objeto sabio de la literatura y el arte en general.
Acotación fallida. Lo más lejos que he llegado conduciendo mi bicicleta ha sido hasta la fría capital, Bogotá, hasta la Biblioteca Luis Ángel Arango con Libro al viento. Bueno, también he llegado hasta mis amigos, aunque hablen peste de lo mal que escribo. No necesito que me quieran como decía Gabo. Necesito que lean mis huellas en el agua cuando me vaya desnudo y desvalido y en perenne soledad al incierto mundo del más allá.
Y soy un poeta del patio, lo confieso, un título de la tierra, humilde como el cementerio y la muerte.
Así que estoy acá para compartir con mis amigos mis garabatos poéticos, mis mentiras literarias o filosóficas y mi afán – como Héctor, el griego – de seguir volando más allá del inframundo a pesar de la muerte.
No es fácil ser hombre como dice uno de los poemas de Pablo Neruda, no es fácil ser colombiano. Todos los sabemos, pero no nos quejamos. Y persisto cada día y cada noche tejiendo en el telar invisible de mis cuadernos la agonía mía y la de la existencia humana.
Pregunto, sigo preguntando: ¿Cómo sería nuestra escritura sin la Colombia sangrante? ¿Es posible escribir una literatura luminosa en un país atravesado por la violencia ¿Qué parte de nuestra manera de escribir ha sido determinada por la violencia colombiana?

Lo más importante es que has sabido navegar en los diferentes piélagos narrativos, buscando en cada puerto amar hasta hallar lo que te propones. Buena columna, mi estimado escritor y Sociólogo, Pedro Conrado Cudriz .