Por: Pedro Conrado Cudriz
Casa de estrellas “Todo lo que no es experiencia interior no es profundo.” E. Cioran
Es un laboratorio espiritual estructurado por el antropólogo y profesor antioqueño, Javier Naranjo que, desde una línea de tiempo paciente, implicó ensayar con la voz de los niños una manera especial de leer el mundo, una y otra vez.
Abrazo, o los abrazos, son las extremidades que cuelgan en el cuerpo como remos para moverse en cualquier punto de la tierra; extremidades que seguramente motivaron la definición del Amor según Camila: Abrazo: Estimular el amor.
Sandra recurre al tiempo o la distancia del tiempo para tocar con delicadeza suprema la ancianidad. Anciano, escribió: Cuando a uno se le van los años. Hay en esta expresión una pregunta que suscita una reflexión de la microfilosofía infantil inesperada.
Y la otra, Camila, no recorre tanta distancia para definir el Beso: Dos en acercarse, que implica filosóficamente hablando, la otredad, el reconocimiento y aceptación de otra boca. No solo la necesidad del otro, también la aceptación.
Luís profundizó su individualidad, casi la dogmatizó cuando precisó su versión del Cuerpo: Es de uno solitico.
Y Mateo no necesitó tanto, dos sílabas, una palabra y la síntesis del ser: Yo, integrado sicológicamente al Cuerpo. No se puede decir más. El yo como una entidad suficiente.
Y Jhonny atrapó en sus emociones toda la sensibilidad de huesos y carnes del Cuerpo: Sirve para sentirse, escribió.
Laura poetizó su versión de Dios: Es el alma de nosotros, es como si fuera un viento.
Jorge Alejandro seguramente viene de la reencarnación de algún filósofo griego cuando definió la Distancia como algo que nunca se puede unir. Seguro pensó en la intimidad de sus vivencias, en la separación definitiva de dos papás divorciados, o dos amigos separados por dos ciudades irreconciliables por la distancia.
Cuando Natalia pensó en el Espacio no reflexionó en el área exterior de la atmósfera de tierra, donde desde la eternidad flotan las estrellas y el resto de planetas; tampoco pensó en la extensión o el infinito que contiene toda la materia. Pensó más bien en el límite base que hay entre dos cuerpos: Lugar limitado entre dos objetos, escribió. Natalia intuyó como una geógrafa la frontera que hay entre un objeto y otro objeto.
Y Mauricio definió el Vacío desde su propia experiencia diaria, tal vez pensó en una alberca o piscina vacía: Sin nadie adentro.
Uno abre el texto Casa de estrellas y de inmediato ingresa a un mundo-casa, o casa-mundo extraordinariamente asombroso. Hay que quitarse los zapatos y el traje del lenguaje que llevamos puesto para guardarle respeto a la sacralidad de la escritura de los niños. En cualquier instante las cuchillas de las palabras nos abren pequeñas heridas de asombro, dolor y risas.
Y enseguida nos enfrentamos a visiones sociológicas, o filosóficas, o poéticas, colocadas del otro lado de la edad.
Uno se tropieza con un lenguaje rebelde, el que se resiste a ser orden gramatical, norma de sometimiento, como: “Instante. Es redondo.” Representación de una imagen sin esquinas, casi inaprensible.
Casa de las estrellas nos llama la atención, porque la versión conceptual de los infantes viene de adentro, de la experiencia íntima vivida en la vereda, en la casa, en el barrio, en la calle; no está consignada en ningún libro escolar. Por ejemplo: “Familia. Lugar donde hay una discusión y se quieren.” Y todos imaginamos entonces el entorno familiar y sociológico del chaval que escribió esta versión de familia.
Las palabras no se juntan para la lírica. No, se usan para fracturar la diplomacia adulta, la educación diplomática del lenguaje, o la tan conocida política de corrección.
Otro ejemplo vivencial es el del Agua. “Es como si uno tuviera algo en la mano y como si no sintiera nada en la mano.”
Hemos escuchado ya metáforas como aquella que decían los abuelos: “Se escurrió como agua entre los dedos.”
En la poesía del niño, el agua es presencia y ausencia al mismo tiempo. Es el milagro de la poesía, o su magia.
Y si continuamos siguiéndole la pista a la poesía, la limpieza del poema o del solo verso es inconmensurable, ejemplo: “Cielo. Donde sale el día.” La definición atrapa de emoción al lector, que da cuenta del lugar donde nace la luz y el tiempo. Es la mirada puesta en el vacío infinito del cielo, que atrapa como un pájaro la aparición del día.
En este desfile de sorpresas, impresiona la distancia que se observa entre sentir, pensar e imaginar. Y se aprecia el sentimiento dirigiendo el proceso de pensar, el pre-lenguaje, la ilógica poética del uso de las palabras.
“La distancia es alguien que se va de uno,” alguien que nos abandona en algún puntito del universo sin otra pretensión que la lejanía. Esa es la razón espontanea de la poesía, inocente y pura y claro, sin que el infante sepa que escribe poesía. Es este descubrimiento un acto escritural cargado de ternezas y muy inocente, que hace uso de la experiencia íntima y no de la predeterminación del lenguaje, de sus usos domésticos.
Dentro de esta ontología infantil hay una revolución filosófica entre la pregunta y la respuesta, entre el sujeto que pregunta y el niño que responde desde el fondo del ser, con sus tripas y afectos. No hay que olvidar los conceptos de familia, campesino, dinero, etc.
Las definiciones no son definiciones para diccionarios especiales, son versiones ontológicas de la infancia desacomoda, maltratada, olvidada y triste. Y otra cosa, no es una definición del mundo externo. No, es una percepción de la experiencia íntima, la que no se observa en ningún libro, y solo la leemos cuando abrimos textos como el de Javier Naranjo. Es lo que contaba Javier Naranjo aquella mañana que escuchó de una niña, que el Hogar es algo que de repente se separa; o del niño que al hablar del miedo dijo: es que mi mamá maneje un carro y unos señores de la cañería no puedan comer y le rompan el vidrio del carro y la matan y matan a mi papá y vivo solo.

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