Por: Juan Sebastián De la Hoz Navarro
Mi abuelo ya no me recuerda. El machete ya no lo desenvaina con la plasticidad con la que mató al diablo en el 89. En su piel, como visaje, se refleja el sol canicular de aquellas tardes de confinamiento campesino.
Sobrevive, como emancipación a la maldita enfermedad, aquel coqueto corazón que hizo que la monjita de los Barandica se saliera del convento a vísperas de entregarse al todopoderoso. También, se resiste a las mieles del olvido el vestigio de un temblor anecdótico, el nerviosismo desproporcionado que lo gobernó cuando paracos derribaron a patadas el portón de la Unión. Yo lo llamo memoria muscular; el médico, menos poético, le dice párkinson.
Sus ojos siguen siendo zarcos, pero no son los mismos. No es el mismo iris que cautivó decenas de doncellas en Polonuevo, no es la misma mirada condescendiente que contradecía a los sermones de mi abuela.
Ahora, cuando regreso de la calle, me mira como si yo, su primer nieto, fuese un recién aparecido. Me estudia el rostro con una cortesía antigua, luego, sin mesura, pasa por mis ojos, mis manos, mis pies, y sigue sin hallar la respuesta. Ni siquiera la silueta apuentada de mis plantas le dice algo. Me pregunta el apellido, me pregunta de quién soy hijo, y aún no llega a mí, a mi recuerdo.
No reconoce mis lunares, ni mucho menos asocia mis mañas tan mías, tan suyas.
Lo más cruel no es que me olvide. Lo más cruel es que todavía intenta recordar. Lo veo rebuscando en los escombros de su cabeza, escarbando entre nombres ajenos, fechas rotas y parentescos confundidos. Me mira con la misma concentración con la que antes afilaba el machete en el patio. Quiere encontrarme. Lo sé. Pero la enfermedad le ha llenado la memoria de maleza. Entonces sonríe, avergonzado, como novio que olvida aniversario; y yo, sometido por la amnesia, termino presentándome otra vez.
Maldito Alzheimer. Solo dejaste resquicios del viejo. No le borraste la humanidad. Le borraste el camino de regreso hacia ella. Desapareciste sus gestas pícaras y su terquedad. Ahora su presencia es mitológica, ancestral. Un pregón oprimido que se toma los rincones de la casa, un libro empolvado que se quema, una canción grabada a casete.
Mi abuelo, al igual que la nación, perdió la memoria. Se olvidó de los suyos: de mi cumpleaños, de preguntarme con cuántos me peleé, de regañarme cada que maldigo. Se olvidó hasta de comer, se olvidó de ser. De saludar a quien pase, de revolver el guiso con el arroz y de donde carajos metió la chapa.
Sin embargo, hay cosas que todavía se le resisten al olvido. El corazón, por ejemplo. Sigue estando a la izquierda. Ahora más que nunca. Late custodiado por una pequeña centella de metal que los médicos le escondieron entre las costillas. Como si alguien hubiese comprendido que la memoria era una causa perdida y hubiera decidido salvar, al menos, el compás.
Pobre viejo. Pecó de colombiano. Él olvida nombres, Colombia masacres. Él olvida quién es, Colombia, quién fue.
Mi abuelo olvida quién carajos es Colombia. Colombia se olvida de quién carajos es mi abuelo.

Genial