Contacto

junio 15, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

El cobrador de penaltis

Por: Pedro Conrado Cudriz

Y de pronto recordó la terrible ocasión en la que él y otros muchachos molieran a golpes a un ladrón de la cuadra. Él recuerda los golpes de manos y pies, y sobre todo su pie derecho refundido en el estómago arco del maleante. Él era apenas un adolescente desmadrado del mundo. 

Miró para todos los lados sin detenerse a observar algo, pero vio el estadio enardecido por los aficionados del equipo. Alargó las manos y colocó el balón en el punto de los doce pasos. Y recordó sin contención las imágenes de una vieja película de los gladiadores y emperadores romanos. Todos esperaban que él venciera a la fiera que tenía en frente, que bailaba en los tres palos con los brazos y las piernas abiertas.  

En el barrio donde creció, un barrio de clase media desmirriada, la pobreza era una máscara disimulada por las fachadas de las viviendas, bien pulidas por fuera, pero por dentro las mataba la molicie de los cuartos y cocinas, que alcazaba hasta ahogar las medias, los zapatos y los platos de la comida. Eso sí, todos en casa tenían que trabajar. No había excepciones para nadie. Él, Javier, el flaco del balón, era el quinto de ocho hermanos. Un rato en la escuela y el resto del tiempo la pasaba vendiendo dulces y jugando fútbol en las canchas del barrio. 

-Pero, papá, déjame dedicarme al fútbol. Ese fue su reclamo hasta que alcanzó las ligas mayores. 

-El fútbol es una actividad para ociosos, oculta en la belleza del drible y los goles imposibles, le dijo su padre, un periodista fracasado, que hacía crónicas de sangre en un periódico del barrio. Primero el pan. Flaco, algún día no solo te van a partir una pierna, también lo harán con tu corazón. 

Javier amaba el fútbol más que a la vida misma, era su comida, su poesía, su polo a tierra. En plena adolescencia, cuando el mundo era una porquería, como en el tango, coleccionaba todas las noticias relacionadas con el Rey Pelé. Para él no había otro futbolista que le igualará en la cancha y también fuera de ella. México lo encumbró. Le gustó el titular del Excélsior: “México: la apoteósica despedida al Rey Pelé.” 

-Papá, viste jugar alguna vez al Rey Pelé. 

-En ninguna parte del mundo los negros tienen títulos de reyes. Solo en el fútbol se ven estas vainas estrambóticas.     

-Papá, lo viste jugar. ¿Sí o no? 

-Sí, varias veces, pero no como te lo imaginas. El balompié es una ociosidad del capitalismo para distraer al hombre de los golpes bajos de la vida.  

-Por favor, papá, no le metas política al juego. 

-¡Ay! Hijo, el fútbol es otra de las claves de los que mandan en el mundo para mantenerse en el poder. Que me acuerde, desde Hitler. 

Tomó el balón entre sus manos y lo hizo girar como giraban los pelaos el globo terráqueo en la escuela. Lo giró al compás de las distraídas manos, mientras el silencio invadía el estadio. Y lo ubicó en tierra. Lo volvió a tomar entre sus manos y lo volvió ubicar en el montículo de las sentencias, hasta quedar satisfecho. Alzó sus ojos y vio al monstruo quieto, con las manos en los ojos. Su corazón era un tambor: pum, pum. Lo invadió un miedo inconfesable, una emoción que venía de la historia, el miedo a la derrota, a la decapitación. Era otro penalti de los muchos que había cobrado. Todos en las piolas de los arcos rivales. Pensó que nadie tenía idea de estar a tiro del destino. Nadie. Ni el Papa Francisco.  

El cielo estaba demasiado claro, se veían dormir a los ángeles de Dios y él en la tierra, despierto y dispuesto a morir por un gol. El tiempo se había detenido, no respiraba y por ese cielo abierto a la esperanza se coló la soledad 

La que viene y se va 

La que sale de casa todas las mañanas 

Y regresa todas las noches 

La que a veces no llega 

O llega después de la cena 

Esa soledad que tiene la costumbre del mar 

Y que usa la cuerda del péndulo  

Para soportar la agonía. 

Se separó del esférico tres largos pasos hacia atrás para tomar impulso. El árbitro del partido con su silbato decidiría la vida o la muerte de él. Esperó. Vio otra vez en su memoria la lucha del hombre con la fiera en el coliseo romano y recordó la patada vil que le hundió al delincuente joven de la cuadra, volvió a la imagen del globo terráqueo de la escuela y al poema que alguien escribió a hurtadillas en las paredes de la cancha del barrio:   

Falta muy poco para el final del partido. 

La derrota es inminente. 

Como en otros partidos de la vida 

No hay nada qué hacer. 

No hay jueces ni dioses 

Que nos salven del otro cinco a ceros. 

Y de la muerte.