Por: Pedro Conrado Cudriz
“Así que fue Dante Alighieri… quien logro imaginar minuciosamente los pantanos del infierno, las terrazas del purgatorio, y la luz sideral donde baten sus alas miríadas de ángeles… El poder que sigue teniendo ese libro-La divina comedia- prueba que fue una visita real…” William Ospina, Siete siglos de un sueño (II) El Espectador
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Imagina que no existen los libros. Imagina la tristeza e incluso la alegría, que será tan débil como un mosquito. Imagina el mundo sin bibliotecas, seguramente será otro mundo. Imagina la ciudad sin librerías y a un hombre despreocupado por los libros, y sin leer a voluntad nada. Imagina entonces su riqueza material, si la tiene, sin brillo, pobre. Imagina su pobreza, si la tiene, su escaza imaginación, su desnudez y su falta de sueños. Morirá sin saber que existen en los libros otros mundos más sensibles y humanos que la realidad en la que vive.
Hasta hoy ha sido imposible vivir sin los libros a pesar del anuncio dramático de su desaparición. Lo sabemos, hay escasez de librerías y bibliotecas en el país, así como escasean los lectores. Este tipo de pobreza es peor que la otra pobreza, la material.
Imagina que en una vivienda no hay biblioteca ni libros, ni en el barrio ni en la población. Imagina cómo serán sus vidas y los convivientes, cómo serán sus pensamientos, qué tan prácticas y precarias serán sus vidas. Pregúntate qué soñarán y qué imaginarán, cómo serán sus relaciones entre ellos y con el mundo.
Imagina todo lo que ha construido el hombre, eso que se puede ver y palpar físicamente todos los días, esas cosas que ya no podrán imaginarse porque ya fueron imaginadas por otros. ¡Qué tristeza no poder imaginar los mundos o las ciudades de la ficción! ¡Qué tristeza no haber leído a Borges, a García Márquez, a Kawabata, a Baricco, a Onetti!
Imagina que uno de ellos ama a una vecina de otro pueblo, pregúntate cómo la enamoró, qué le dice todos los días, cuántas palabras extrañas usará para comunicarse con ella, que tan romántico será, pregúntate si le hablará de algún mundo desconocido o de un mundo imaginado como Macondo, si le citará un verso, o la excitará con su verbo. Son interrogaciones o afirmaciones para la imaginación. ¿Habrá imaginado este sujeto a la mujer de sus sueños? ¿Imaginará cómo será su vida entre veinte años? ¿Imaginará cómo será la vida de sus hijos en el futuro?
Imagina ahora a un sujeto lector con el que conversas todos los días, bajo la sombra de un techo, imagínalo con otros lectores, con los magos de la palabra escrita, con los hacedores de libros, con los contadores de historias, con los recreadores de anécdotas vivas, imagina sus sueños, imagina su imaginación, palpa su riqueza de alma, su espíritu, la sutiliza poética de su pensamiento. Esa persona forma parte ya de la riqueza espiritual del mundo, de esas riquezas inalienables que el poder no puede revertir. Hablo de los libros, de los lectores de libros, de las bibliotecas que nos hacen falta para humanizarnos y sobre todo, de la ínfima realidad del individuo, ese pequeño ser o lector que será capaz de transformar sus días, sus rutinas, en oro sólido. Como lo cantó Lennon alguna vez con su propia voz: “… Imagina a todo el mundo viviendo en paz. / Puede que digas que soy un soñador, / pero no soy el único / y espero que algún día te unas a nosotros…”
A la policía acantonada en Santo Tomás.

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