Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
«La amistad es el factor más importante que influye en nuestra salud, bienestar y felicidad».
Robin Dunbar
Hubo un tiempo en que pensé que la amistad podía medirse por la cantidad de personas que estaban alrededor. Por los amigos del colegio, los compañeros de universidad, los colegas del trabajo, los vecinos, las reuniones, los mensajes y todas esas personas que, en determinado momento, parecían indispensables. Uno podía mirar alrededor y sentir que tenía muchos amigos. Y quizá en aquel momento realmente los tenía.
Pero uno crece y algo comienza a cambiar.
No sucede de repente. Nadie anuncia que ha llegado la edad en la que el círculo empezará a hacerse más pequeño. Simplemente ocurre. Un amigo cambia de ciudad, otro forma una familia, alguien comienza un nuevo trabajo, aparecen responsabilidades, problemas y distancias. Las conversaciones que antes eran diarias pasan a ser semanales, después ocasionales, y algunas terminan convirtiéndose en ese mensaje que siempre pensamos enviar, pero nunca enviamos.
Lo curioso es que muchas veces no hubo una pelea. Nadie traicionó a nadie. No existió una última conversación dramática. Simplemente la vida fue colocando kilómetros, responsabilidades y silencios entre personas que alguna vez estuvieron muy cerca.
Durante mucho tiempo pensé que eso era necesariamente triste. Ahora comienzo a verlo de otra manera.
Hace algún tiempo conocí los trabajos del antropólogo y psicólogo evolutivo Robin Dunbar y su propuesta sobre los límites de nuestras relaciones sociales. En su libro How Many Friends Does One Person Need?, Dunbar (2010) desarrolla la idea de que nuestra capacidad para sostener relaciones sociales significativas no es ilimitada. Su nombre terminó asociado a una cifra que se hizo bastante conocida: alrededor de 150 personas formarían parte de la red social que somos capaces de mantener de manera significativa. Sin embargo, dentro de esa red no todas las relaciones tienen la misma cercanía. Existen círculos cada vez más pequeños a medida que aumenta la intimidad.
Cuando conocí esa idea inevitablemente pensé en mi propia vida.
Ciento cincuenta personas pueden parecer muchas. Pero cuando uno deja de pensar en conocidos, compañeros y contactos, y comienza a preguntarse quiénes forman realmente parte de su círculo más cercano, el número disminuye de manera sorprendente.
Y entonces entendí que quizá ahí está la diferencia entre conocer a muchas personas y tener verdaderos amigos.
Con los años he dejado de preocuparme por la cantidad.
La adultez me ha enseñado que podemos conocer a cientos de personas y, sin embargo, tener muy pocas delante de quienes podemos sentarnos sin representar ningún personaje. Personas a quienes podemos decirles que estamos mal sin tener que explicar demasiado. Personas que conocen nuestras virtudes, pero también nuestras contradicciones, nuestros errores y algunas versiones de nosotros mismos que quizá preferiríamos olvidar.
También he aprendido algo menos agradable: no siempre ocupamos en la vida de los demás el mismo lugar que ellos ocupan en la nuestra.
Uno puede considerar a alguien un gran amigo y descubrir, algunas veces de manera dolorosa, que para esa persona somos simplemente un conocido cercano. Esa sensación, que podría parecer solamente una impresión personal, también ha sido estudiada. Almaatouq, Radaelli, Pentland y Shmueli (2016) analizaron precisamente nuestra capacidad para reconocer la reciprocidad de los vínculos de amistad y encontraron que solemos tener dificultades para percibir correctamente cuáles de esas relaciones son realmente recíprocas.
Dicho de una manera mucho más sencilla: no siempre quien nosotros consideramos amigo nos considera de la misma manera.
Y aunque una investigación científica pueda expresarlo mediante datos, detrás de aquello existe una experiencia profundamente humana.
Probablemente casi todos hemos sentido alguna vez que estábamos dando más de lo que recibíamos.
Hemos esperado una llamada que nunca llegó. Hemos preguntado por alguien que pocas veces preguntaba por nosotros. Hemos estado disponibles para personas que, cuando llegó nuestro turno de necesitar compañía, estaban demasiado ocupadas. Hemos descubierto que alguien a quien teníamos entre nuestras primeras opciones apenas nos tenía entre las suyas.
Antes eso podía producirme rabia. Ahora pienso que los afectos no funcionan como una contabilidad. No podemos obligar a nadie a querernos con la misma intensidad con la que lo queremos. Tampoco tiene mucho sentido reclamar un lugar en la vida de alguien que espontáneamente no nos lo ha dado.
Hay cosas que el tiempo termina mostrando sin necesidad de preguntar.
Quién aparece. Quién recuerda. Quién solamente llama cuando necesita algo. Quién puede pasar meses sin escribirnos, pero cuando volvemos a encontrarnos conserva intacto el cariño. Quién celebra sinceramente nuestras alegrías. Y quién desaparece precisamente cuando dejamos de serle útiles.
Quizá por eso algunas de las personas que más terminamos valorando son aquellas que nos conocieron en momentos difíciles. No porque sufrir juntos garantice una amistad, sino porque las dificultades tienen una manera particular de revelar la calidad de ciertas presencias.
Celebrar con alguien suele ser fácil.
Permanecer cuando no hay nada que celebrar es diferente.
Hay personas que alguna vez se sentaron a nuestro lado cuando no teníamos una buena conversación que ofrecer. Nos conocieron preocupados, cansados, confundidos o atravesando alguna de esas temporadas en las que ni nosotros mismos sabíamos muy bien qué hacer con nuestra vida. No solucionaron nuestros problemas. Algunas ni siquiera encontraron las palabras adecuadas.
Pero estuvieron.
Y a determinada edad uno comienza a comprender el enorme significado de ese verbo: estar.
Tal vez por eso ya no me impresiona demasiado la persona que dice conocer a todo el mundo. Me interesa mucho más quien puede nombrar a dos o tres personas con las que ha atravesado años, cambios, desacuerdos, pérdidas, alegrías y silencios, y todavía puede llamarlas amigas.
Porque permanecer tampoco significa estar de acuerdo en todo. Una amistad verdadera puede atravesar diferencias, temporadas de distancia e incluso discusiones. La vida cambia, nosotros cambiamos y nuestros amigos también. Lo importante es que debajo de todo eso siga existiendo respeto, afecto y una voluntad mutua de conservar el vínculo.
Sin embargo, pensar en todo esto también me obliga a hacerme una pregunta incómoda.
Es muy fácil recordar quién no estuvo para nosotros. Mucho más difícil es preguntarnos para quién no estuvimos nosotros.
Quizá alguna vez alguien necesitó aquella llamada que nunca hicimos. Tal vez dejamos un mensaje para después y ese después se convirtió en semanas o meses. Quizá estuvimos tan ocupados con nuestros propios problemas que no advertimos que un amigo estaba atravesando los suyos.
A veces reclamamos ausencias olvidando las nuestras.
Y quizá esa sea una de las partes más difíciles de madurar: comprender que en las historias de otras personas nosotros tampoco hemos sido siempre el amigo perfecto.
Con los años uno descubre que una buena amistad no solamente se encuentra. También se construye, se alimenta y se cuida.
Por eso ahora miro de otra manera a las personas que permanecen en mi vida. Algunas están cerca y otras lejos. Con algunas hablo frecuentemente y con otras pueden pasar meses. Ya no necesito una conversación diaria como prueba de afecto. Hay amistades que han sobrevivido precisamente porque aprendieron a convivir con las distancias, los silencios y las diferentes etapas de la vida.
También he aprendido a dejar ir.
No todas las personas que fueron importantes alguna vez tienen que acompañarnos hasta el final. Algunas pertenecieron a una etapa determinada. Compartimos algo verdadero, aprendimos juntos, nos acompañamos durante un tramo y después nuestros caminos tomaron direcciones distintas.
Eso no significa necesariamente que aquella amistad haya sido falsa.
Simplemente tuvo su tiempo.
Y esta quizás ha sido una de las cosas que más me ha costado comprender: no todo lo verdadero tiene que durar para siempre.
Hay personas que llegaron para acompañarnos durante diez años y otras durante unos meses. Algunas dejaron recuerdos maravillosos. Otras, enseñanzas. Y unas pocas siguen allí cuando miramos hacia los lados después de muchos años.
Son esas últimas las que hacen que la mesa se vaya haciendo pequeña.
Antes había muchas sillas. Algunas estaban ocupadas por personas que creíamos que estarían siempre. Con el tiempo unas quedaron vacías y otras fueron ocupadas por gente nueva. Algunas personas se levantaron sin despedirse. Otras avisaron que debían marcharse. Y también hubo quienes permanecieron silenciosamente, sin necesidad de prometer que lo harían.
Hoy esa mesa tiene menos sillas.
Pero curiosamente me siento más tranquilo alrededor de ella.
Prefiero una mesa pequeña donde pueda conversar con sinceridad que una habitación llena de personas ante quienes tenga que cuidar cada palabra. Prefiero dos amigos capaces de escucharme cuando las cosas van mal que veinte conocidos disponibles únicamente cuando hay algo que celebrar.
Y mientras pasan los años, esa idea adquiere todavía más sentido. Cambian las prioridades, aparecen pérdidas, envejecen las personas que amamos y comenzamos a comprender que nuestro propio tiempo tampoco es infinito. Entonces dejamos de preguntarnos cuántos amigos tenemos y empezamos a preguntarnos quién permanece cuando desaparecen el ruido, las fotografías, las reuniones y las celebraciones.
Al final, quizá la vida no nos esté quitando amigos.
Quizá simplemente nos está enseñando lentamente la diferencia entre quienes estuvieron cerca porque las circunstancias nos juntaron y quienes, aun cuando las circunstancias cambiaron, encontraron alguna manera de permanecer.
Por eso ya no me preocupa demasiado que con los años la mesa se haga pequeña.
Lo importante es mirar las pocas sillas que todavía están ocupadas y saber reconocer el privilegio de tener allí a personas con quienes podemos ser nosotros mismos.
Pero también mirar nuestra propia silla.
Preguntarnos en qué mesas seguimos sentados, a quién hemos acompañado durante los años, para quién hemos estado cuando las cosas se pusieron difíciles y quién podría recordar nuestro nombre al hablar de esas pocas personas que permanecieron.
Porque quizá la verdadera amistad nunca consistió en llenar nuestra mesa de gente.
Consistió en descubrir quiénes seguían sentados cuando pasó el tiempo.
Y, sobre todo, en haber sabido permanecer nosotros también.
Referencias
Almaatouq, A., Radaelli, L., Pentland, A., & Shmueli, E. (2016). Are you your friends’ friend? Poor perception of friendship ties limits the ability to promote behavioral change. PLOS ONE, 11(3), e0151588. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0151588
Dunbar, R. (2010). How many friends does one person need?: Dunbar’s number and other evolutionary quirks. Faber & Faber.
Dunbar, R. I. M. (2018). The anatomy of friendship. Trends in Cognitive Sciences, 22(1), 32–51. https://doi.org/10.1016/j.tics.2017.10.004

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