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septiembre 6, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

Reflexiones rutinarias sobre la impuntualidad

Por: Pedro Conrado Cudriz

La impuntualidad es un vicio como drogarse cada tarde, cada mañana, cada noche. El tipo llega después de la hora prevista y no siente ninguna clase de vergüenza y sentimiento de empatía por los que lograron alcanzar la puntualidad. Y no es necesario que admiren a los que llegaron temprano, pero sí que les tengan alguna consideración.

Y no se requiere ninguna clase de excusa para la impuntualidad. Porque ya existe la condena. El puntual llega a la hora de la cita y tiene la paciencia de la tortuga y la espera. Y esto es culturalmente respeto por el otro, algo que podríamos denominar civismo.

¿Qué es la impuntualidad? Preausencia, puntos suspensivos.

Mientras transcurre la espera nadie está seguro si el sujeto impuntual llegará a tiempo. Lo cierto es que estamos a la espera, queremos verlo. Y no es algo metafísico. Es una situación prefísica rara, aunque normalizada por la costumbre.

El puntual saca un libro, o apertura el celular para ocupar la mente. Otros se entregan al silencio, o al monólogo interior. Y, sin embargo, todos están inquietos, prisioneros de la misma incertidumbre. ¿Llegarán? ¡Los esperaran los organizadores? No se sabe. Para mí, confieso, no deja de ser una conducta violenta si nos ponen a esperar a los no puntuales, no importa que no se hayan establecidos previos compromisos de asistencia. Pero llegar después de la hora citada al evento, violenta la esperanza, la paciencia de la espera, los protocolos cívicos ciudadanos.

En mi caso, yo despierto a golpes suaves la imaginación para convivir con el asombro: imagino acciones mentales extravagantes: vuelo sin alas, venzo a un águila en el aire, atravieso la selva mientras las espinas se clavan en las plantas de los pies; o voy al fantástico desierto de la sal boliviano a correr sin descanso; o converso con un loro que no se cansa de parlar; o viajo en medio de un torrencial aguacero a ninguna parte; o imagino estar dentro del tiempo, saltando por alcanzar las manecillas de nada, tocando el cuarzo de algún ángel extraviado de algún dios. Y cuando se inicia el evento ya estoy muy relajado y cuasi feliz.

La experiencia en el vacío del olvido, o el olor del olvido

Bajo las escaleras de la segunda planta con la certeza de que voy a buscar la hamaca, que definitivamente está descansando en el primer piso. En mitad de la media luna del patio olvido qué es lo que voy a buscar. Entonces un vaciado inesperado de la memoria se hace presente, una especie de lo que yo llamo “incompetencia no consciente de la memoria”. Olvido total del objeto perseguido. Miro para todos los lados y doy una vuelta de 380 grados, persivo el patio tan largo como un desierto lunar. Y ahí, de pie, me sentí perdido y sin sentido, disuelto en el aire, un ser extraño. Enseguida inicio una indagación infructuosa en la memoria y no puedo localizar lo deseado, y siento que ella me abandona, ella, la memoria, que no tiene ningún compromiso personal con mi yo ni mi ego.

La memoria aflojó su cuerpo y se abandonó al sentimiento de impotencia mental, cerró los ojos para ocultar su oscuridad y me abandonó; subo al segundo piso de donde vine y definitivamente me entregué a la pereza del olvido. Al día siguiente fui a buscar la hamaca, que me recibió con los brazos abiertos.