Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
«El tiempo todo lo da y todo lo quita; todo cambia pero nada perece.»
Giordano Bruno
Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
Hay frases que parecen sencillas hasta que la vida se encarga de demostrarnos cuánto pesan. La reflexión atribuida a Giordano Bruno sobre el tiempo pertenece a esa clase de pensamientos que adquieren un significado diferente cada vez que los volvemos a leer. No es solamente una afirmación sobre el paso de los años; es una invitación a comprender que nuestra existencia está hecha de transformaciones.
Bruno, filósofo italiano del Renacimiento, concibió un universo dinámico, infinito y en permanente transformación. La frase aparece citada en textos relacionados con su pensamiento y con Il Candelaio, aunque no puedo confirmar que esta formulación moderna corresponda literalmente a una edición original de la obra.
Decimos que el tiempo nos quita cosas: la juventud, las personas que amamos, ciertas oportunidades, algunas ilusiones. Sin embargo, pocas veces pensamos en aquello que también nos entrega.
El tiempo da experiencia. Da perspectiva. Nos permite comprender aquello que cuando éramos más jóvenes parecía incomprensible. Nos enseña que no todas las pérdidas son derrotas y que no todas las ganancias tienen la forma de aquello que inicialmente deseábamos.
Una persona que atraviesa los años no es simplemente alguien que acumula cumpleaños. Es alguien que ha sido transformado por encuentros, despedidas, errores, decisiones, pérdidas y aprendizajes.
El tiempo, entonces, no solamente transcurre: nos modifica.
Pero existe una verdad más incómoda: nada permanece exactamente como lo conocimos.
El rostro de nuestros padres cambia. Los hijos crecen. Los amigos toman otros caminos. Las casas envejecen. Las ciudades se transforman. Incluso nosotros dejamos de ser quienes fuimos.
A veces intentamos conservar determinadas etapas de nuestra vida como si pudiéramos detenerlas. Guardamos fotografías, objetos, cartas y recuerdos porque sabemos, en el fondo, que la experiencia es pasajera.
Pero recordar no significa regresar.
El recuerdo es una forma de reconocer que algo existió, no una manera de recuperar aquello que el tiempo ya transformó.
Y quizá allí reside una de las grandes dificultades de vivir: queremos que la vida cambie, pero deseamos que aquello que amamos permanezca intacto.
Cambian nuestras ideas, nuestras relaciones, nuestras prioridades y nuestra manera de mirar el mundo. También cambia aquello que alguna vez consideramos definitivo.
Lo que hoy parece insoportable quizá mañana sea solamente una cicatriz. Lo que hoy parece indispensable puede convertirse con los años en algo secundario. Y aquello que alguna vez ignoramos puede terminar adquiriendo un valor extraordinario.
Por eso, resistirse completamente al cambio es una lucha perdida de antemano. La existencia no funciona como una fotografía inmóvil, sino como un proceso.
Vivimos mientras nos transformamos.
La última afirmación –«nada perece»– puede leerse como una reflexión filosófica sobre la transformación: aquello que desaparece bajo una forma puede continuar bajo otra.
Una persona muere, pero permanece en la memoria de quienes la conocieron, en las palabras que enseñó, en las costumbres que transmitió y en las decisiones que inspiró. Una generación desaparece, pero deja conocimientos, instituciones, historias y maneras de comprender el mundo.
Incluso nuestros errores pueden permanecer como aprendizaje.
Por eso quizá la vida no consista tanto en conservar como en dejar huella.
No se trata de aspirar ingenuamente a la inmortalidad, sino de comprender que nuestra existencia participa de una cadena mucho más extensa que nosotros mismos. Recibimos algo de quienes estuvieron antes y, consciente o inconscientemente, dejamos algo en quienes vienen después.
La frase de Bruno puede leerse, entonces, como una lección contra la ilusión de permanencia.
No poseemos definitivamente la juventud, la belleza, el dinero, los cargos, los reconocimientos ni siquiera las circunstancias que hoy consideramos seguras. Todo está sujeto al cambio.
Pero esa misma fragilidad puede convertirse en una razón para vivir con mayor conciencia.
Si sabemos que el tiempo quita, quizá aprendamos a valorar mientras tenemos.
Si sabemos que las personas cambian, quizá aprendamos a acompañarlas sin exigirles que permanezcan iguales.
Si comprendemos que las circunstancias son pasajeras, quizá dejemos de creer que un momento difícil constituye toda nuestra historia.
Y si aceptamos que también nosotros estamos cambiando, quizá podamos mirar nuestro pasado sin desprecio y nuestro futuro sin miedo.
El tiempo no pregunta si estamos preparados. Avanza.
Se lleva algunas cosas, transforma otras y abre espacios para aquello que todavía no conocemos. Frente a esa realidad solo tenemos una posibilidad verdaderamente humana: aprender a vivir sin exigirle permanencia a aquello cuya naturaleza es cambiar.
Tal vez por eso la frase de Bruno conserva su fuerza siglos después. No porque prometa que nada se perderá, sino porque nos obliga a mirar la pérdida de otra manera.
La vida no es aquello que logramos conservar intacto.
Es aquello que, mientras cambia, aprendemos a recibir, a transformar y finalmente a dejar ir.
Y quizá la verdadera sabiduría consista en comprender que el tiempo no es nuestro enemigo. Es el espacio en el que nos convertimos, lentamente, en quienes somos.

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