Por: Pedro Fidel Barrera
En una vida normal, el hombre se vive enfrentando a sus temores; muchos ven en el día a una persona común y corriente, valiente y esforzada, pero por la noche cuesta conciliar el sueño. De niño se sueña con ser grande para hacer cosas que en ese tiempo no son permitidas y que quizá en la adultez es normal realizar. Vivimos jalando el tiempo y, aunque sea una metáfora, realmente por falta de experiencia no sabemos lo que estamos dejando de lado puesto que cuando se deja de vivir momentos por pensar en otros que muy seguramente no sucederán como anhelamos, nos estamos restando vida, sin saber si más adelante tendremos una segunda oportunidad.
Nuestra mente funciona como un espejo de agua. Se piensa que al llegar la noche, al apagarse las luces y los ruidos del día, el agua por fin debería encontrar su quietud. Sin embargo, comúnmente ocurre lo contrario: el silencio exterior se convierte en un viento fuerte que agita la superficie con dudas y ansiedades, distorsionando el reflejo y haciendo que mirar dentro de nosotros se vuelva abrumador.
Es que la noche tiene significados distintos según el contexto desde el que se mire. Lo que se vive en una noche de fiesta es muy diferente a lo que se experimenta en una noche de insomnio. Lo que hace más crudo ese momento es que tememos al silencio; le tememos debido a su poder para desenmascararnos y enfrentarnos a nosotros mismos, un encuentro que a menudo se confunde con el aislamiento o el abandono. Sin embargo, la mente en la noche debe estar en completa calma y en silencio.
En esa penumbra, el paso de las horas se convierte en una carga física. Mirar el reloj a las tres de la mañana desata una frustración silenciosa: el cuerpo pesa por el cansancio acumulado, pero la mente se rehúsa a apagarse. Lo más devastador de ese instante es la distorsión de la realidad. En la madrugada, cualquier problema, por pequeño que sea, se agiganta y parece no tener salida; el silencio magnifica los temores y debilidades. Sin embargo, cuando amanece y la luz del día regresa, esos mismos monstruos nocturnos recuperan su tamaño real, demostrándonos que la noche nos engaña agitando un agua que solo necesita calma para volverse clara.
Frente a este escenario, las respuestas pueden ser tan variadas como las mentes mismas, pero el acto de respirar se convierte en nuestra primera herramienta de resistencia. A veces creemos que para calmar el agua debemos erradicar el dolor o ignorar los problemas que nos quitan el sueño. Sin embargo, la verdadera templanza no nace de evadir la tormenta, sino de haber aprendido a sostenerle la mirada. Recordar nuestras heridas, enfrentar esos temores que no nos dejan dormir o revivir las dificultades superadas no es del todo malo; al contrario, es recordar que ya hemos transitado por caminos oscuros y que seguimos de pie. Al respirar hondo y aceptar la presencia de nuestros problemas en lugar de luchar desesperadamente contra ellos, el silencio de la noche deja de sentirse como una amenaza y empieza a transformarse en un espacio de tregua.
Después de haber mirado el miedo de frente y recordar que, tal como vimos al principio, somos personas valientes, guerreras y esforzadas, debemos tener presente que la única forma de evadir el insomnio es calmando nuestra mente. Esa quietud inicia y se maneja a través de la respiración. Al concentrarnos en ese aire que entra y sale, dejamos de resistirnos; y así, sin darnos cuenta, esa larga batalla en la cama se termina porque, por fin, hemos podido conciliar el sueño.

Más historias
Anotaciones a campo abierto para realizar aproximaciones al fenómeno de la lectura
La lectura es un alimento tan espiritual como la yuca
Cuando la mesa se hace pequeña