Contacto

abril 1, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

Semana Santa en Santo Tomás: entre la devoción escenificada y el silencio interior


“La fe no se reduce a prácticas exteriores; es un encuentro vivo que transforma el corazón.” — Papa Francisco

Por: Larrys Fontalvo Rodriguez  Fontalvo Rodríguez

En Santo Tomás, como en muchos rincones del país, la Semana Santa se vive con intensidad visible. Las calles se transforman, el ritmo cotidiano se desacelera y una atmósfera de solemnidad parece tomar el control del pueblo. Hay procesiones, encuentros litúrgicos y una participación comunitaria que, a primera vista, refleja un profundo arraigo religioso. Sin embargo, bajo esa superficie de fervor colectivo, surge una inquietud cada vez más palpable: ¿cuánto de esa devoción es auténtica y cuánto es simplemente representación?

La Semana Mayor en Santo Tomás no es solo un evento religioso; es también un acto cultural, una tradición que se transmite de generación en generación. Familias enteras participan, no siempre por convicción espiritual, sino por costumbre. Se asiste porque “así lo hacían los abuelos”, porque el pueblo entero parece moverse en esa dirección o porque, de algún modo, no hacerlo implica quedarse por fuera de un ritual colectivo.

Un ejemplo particularmente revelador es la práctica de los flagelantes o penitentes. Hombres —y en algunos casos mujeres— que, cubiertos con túnicas o el rostro oculto, caminan descalzos, que se flagelan, cargan cruces o arrastran cadenas como acto de sacrificio y expiación. La escena impacta, conmueve y despierta respeto. Pero también invita a una reflexión más profunda: ¿es ese dolor una expresión de transformación interior o se ha convertido, con el tiempo, en otra forma de ritual que se repite sin cuestionamiento?

En ese escenario, la figura de Jesucristo, eje central de la conmemoración, corre el riesgo de quedar relegada a un plano simbólico, casi decorativo. Se le honra en las imágenes, en los recorridos procesionales, en los actos de penitencia; pero no siempre en la vida cotidiana, donde su mensaje de humildad, perdón y transformación parece diluirse frente a las urgencias del día a día.
No es extraño ver cómo, en medio de la solemnidad, conviven prácticas que poco tienen que ver con el recogimiento espiritual.

La misma persona que acompaña una procesión o cumple una penitencia pública puede, horas después, sumarse al bullicio, al encuentro social o a dinámicas más cercanas al entretenimiento que a la reflexión. La contradicción no es exclusiva de Santo Tomás, pero aquí, como en muchos pueblos, se hace más evidente por la cercanía entre todos: todos ven, todos saben, todos participan.

Esto no significa que la fe haya desaparecido. Hay quienes viven la Semana Santa con verdadera profundidad, en silencio, sin necesidad de exhibición. Incluso entre los penitentes hay historias de promesas íntimas, de culpas, de búsquedas personales que no se pueden juzgar a simple vista. Pero también es cierto que una parte importante de la comunidad parece haber desplazado el sentido espiritual hacia una vivencia más ritual, más estética, incluso más social que religiosa.

El reto, entonces, no es abandonar las tradiciones que le dan identidad al pueblo, ni deslegitimar prácticas como la penitencia, sino resignificarlas. Volver a preguntarse por el sentido de cada acto, de cada recorrido, de cada sacrificio. Recuperar espacios de reflexión real, donde la Semana Santa no sea solo un calendario que se cumple, sino una oportunidad para revisar la vida, las relaciones y la forma en que se habita el mundo.

Porque al final, la fe no se mide en la intensidad del sacrificio visible ni en la cantidad de procesiones a las que se asiste. La fe, si es verdadera, se manifiesta en lo cotidiano: en la manera de tratar al otro, en la capacidad de perdonar, en la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive.

En Santo Tomás, la Semana Santa sigue teniendo fervor. Lo que está en juego, quizás, es algo más profundo: la posibilidad de que ese fervor —incluso el que se expresa en el dolor de los penitentes— deje de ser solo una escena repetida cada año y se convierta, de nuevo, en una experiencia espiritual auténtica, íntima y transformadora.