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marzo 31, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

El Santo Tomás flagelante de los niños

Por: Pedro Conrado Cudriz

Santo Tomás no es algo parecido a un texto cualquiera, no; es un libro mayor, porque al enfrentar su lectura lo primero que nos pica el alma es la flagelación y entonces, hay que ver cómo enfrentamos la hoja en blanco, la interrogación planteada para realizar algún tipo de escritura relacionada con esta penitencia, que de alguna manera es Santo Tomás toda. No hay forma de fragmentar esta práctica de la religiosidad popular del resto del cuerpo. Para mí nunca ha sido fácil leer el territorio donde he pasado toda mi vida, leerle sobre todo su “ontología”, y siempre me asombra este fenómeno de la edad media, trasplantado en el territorio por occidente en la época del colonialismo español, aunque alguien pueda especular su práctica antes del siglo 19.

Vivir o apreciar este pegamento como una experiencia existencial nada común, es duro, a pesar de la normalización del picao; es decir, aceptarla de tanto verle pasar por la calle de la Ciénaga desde tiempos inmemoriales. Y no es fácil ver tanta sangre corriendo calle abajo o calle arriba por los siglos de los siglos en la zona lumbar de la espalda. No es fácil para nadie. Por ejemplo, una niña de cuarto de primaria de la escuela pública abrió los ojos horrorizada cuando le preguntábamos al colectivo, si algún día uno de ellos se flagelaría en el escenario teatral de la primera calle.

Y frente a este caso, los niños están muy claros: ellos no lo harían nunca. Sabiduría cultural, diría mi amigo ex cura, Blas mejía.

Y esta actitud de hoy no puede tranquilizarnos a pesar de que vivimos insertos en el movimiento hedonista del mundo, atravesado por el cambio generacional. El caos, la velocidad y la incertidumbre nos matan. Y no hay manera de saber qué pasará mañana con alguno de estos chavales.

Primero el goce y luego tal vez el dolor del cuerpo.

A todos nos espanta ver la sangre brotar de un cuerpo humano, porque nos remite inconscientemente al peligro, o al drama de la sobrevivencia, y a los niños los afecta más, ya que, al sobrecogerlos, la muerte los condena a la soledad, o al desamparo. Tengo presente la confesión al viento de un alumno de primaria, que nos informaba que su abuelo se flagelaba y a él le daba duro verlo sufrir.

Los niños son menos complicados que los adultos. De las causas de los pegamentos flagelantes dijeron: se flagelan porque pierden; o por pecadores; o porque se atreven ayudar a los demás; o porque recuerdan la muerte de Dios; o porque imitan el sacrificio de Cristo, o porque están locos.

Y fue entonces cuando gritaron defensivamente contra la flagelación: dijeron en coro: Noooooooooo.

Santo Tomás está dividido entre los que estigmatizan la manda de la flagelación y los que casi la aceptan como lo hace el antropólogo, o el sociólogo al reconocerla como un fenómeno social.

Al preguntarle a los infantes si alguno sentía vergüenza, una voz cuasi apagada se soltó del barullo para decir: un poquito.

Y ante la supuesta dualidad del cuerpo, otro chaval dijo que no, porque “En el cuerpo todo está junto”.

En medio de los gritos y el calor del curso se escuchó una voz femenina: “Se flagelan porque están locos.”

Al final un alumno hizo la desconcertante pregunta: ¿Qué pasaría si no tuviéramos cerebro?

Posdata:

¿Por qué los tomasinos somos como somos?

¿Quiénes han influido para ser lo que somos hoy?

¿Nos podemos liberar de las influencias que nos convirtieron en lo que somos?

¿No parece raro haber nacido en un pueblo que se flagela?

¿Cómo nos afectó?

¿Qué tan marginal es el pegamento de la flagelación en santo Tomás?

¿Ha evolucionado la flagelación? ¿Cómo?

¿Qué clase de actor de teatro es el flagelante?

¿En qué otros territorios de la nación persisten penitencias del siglo 18?

¿Por qué en Bogotá existe todavía la práctica de subir de rodillas el cerro de Monserrate?