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junio 15, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

El inventario de la fe 

Por: Pedro Conrado Cudriz

Mientras los meses pasan volando, voy dejando mis años regados por el camino sin la magia del prestidigitador, o el ilusionista. Es la ganancia fruto del tiempo, sabiduría humana ganada contra la muerte que anda a pie, contra la muerte rápida y la aceleración del vivir consumista. Mi tiempo es tiempo de reposo, filosóficamente rentalizado, aristotélico, contemplativo. No me afana ya la vida, ni la lectura de los libros que no he leído, o los que no he podido releer, ni la búsqueda de la fama, ese sujeto histérico y efímero del consumo salvaje de nuestra época. He aprendido a tener otra visión de la vida y la muerte, dos almas de la misma moneda que llevamos en el bolcillo (confieso que no ha sido fácil hacerlo), a dejar abandonada la hiperacción y la hiperinformación locuaz de los medios de información de masas consumistas; he aprendido a ser indiferente con los que corren obligados por los espejos del comercio y los espectáculos de la fiesta; a no dejarme impresionar por las metas del consumo; he aprendido a observar desde la ventana al hombre que se revienta contra sí mismo por obtener el plus dinero y la carretilla de la compra de autos y fama. He aprendido a olvidar lo no importante. La vida nos ha enseñado que lo esencial es continuar vivos y aferrados al verdadero amor, o a los amigos. De nada vale exagerar la búsqueda del kitsch kunderiano. De solo elevar la vista a los cielos, uno termina concluyendo que no somos nada frente a la inmensidad del universo; somos mínimas luces, puntitos iluminados (fueguitos según Eduardo Galeano) si alguien atrevido nos ve desde la lejanía de la luna. No somos nada sin los amigos y sin los afectos de la familia, sin una novia o una amante, un amigo, un hijo, o un vecino. Necesitamos la carne que respira, la carne que sueña. Busco la calma en el oxígeno que respiro, porque sé muy bien que algún día me iré, así como vine al mundo. Somos un soplo. Y dejaré mis huesos, mis ojos, como dice el poeta Julio Lara “con todo lo que han mirado” a través de los libros que leí y mis propios garabatos y, por supuesto, a través del recuerdo de la voz de los abuelos. He concluido que es mejor la contemplación, que la pretensión. Como en el inventario de mi fe de Manuel Vicente en el “Territorio personal,” de El país de España… “Dejar pasar las horas, desechar cualquier ambición, vivir el sol en medio de una elegante austeridad, tomar aceite de oliva, andar descalzo sobre la sal, navegar en aguas de dulzura y no desear nada sino amigos y ensaladas de opio. He aquí el inventario de mi fe.”