Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
“Hay un silencio grave parecido al olvido que me nubla mis ojos y quiebra la garganta…”
Raúl Gómez Jattin
Hace apenas un mes conocí, una vez más, el peso de una hoja en blanco. Había decidido escribir un artículo de opinión y estaba convencido de que las palabras llegarían con la misma naturalidad con la que suelen aparecer las conversaciones cotidianas. Sin embargo, no ocurrió. Permanecí durante largo rato en mi cuarto, sentado frente al computador, observando un cursor que parpadeaba con una serenidad casi insolente. Las ideas no acudían a mi mente. Afuera el mundo seguía su curso; adentro, el tiempo parecía haberse detenido. Fue entonces cuando comprendí que el mayor temor de quien escribe no consiste en enfrentarse a una página vacía, sino en sospechar que aquello que desea decir podría perderse para siempre en el silencio.
Aquella experiencia me obligó a mirar la escritura desde otro lugar. Se suele decir que escribir consiste en ordenar palabras, pero esa definición resulta demasiado pobre. Escribir es un acto de insurrección contra el olvido. Mientras la vida avanza sin pedir permiso, mientras los rostros envejecen y las voces de quienes amamos comienzan a confundirse con el rumor lejano de la memoria, el escritor intenta detener un instante antes de que desaparezca. No pretende vencer al tiempo, porque sabe que es imposible. Apenas intenta convencerlo de que deje alguna huella.
La hoja en blanco posee una extraña honestidad. No acepta disfraces ni artificios. Obliga a quien la enfrenta a reconocer cuánto recuerda y cuánto ha olvidado. Frente a ella no sirven las apariencias ni las frases aprendidas. Solo permanece aquello que ha sido vivido con suficiente intensidad para merecer convertirse en palabras.
Quizá por eso la primera frase siempre cuesta tanto. No porque falten ideas, sino porque sobran. Detrás de esa línea inicial esperan conversaciones que nunca terminaron, abrazos que aún conservan su calor, despedidas que todavía duelen y lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Elegir una palabra significa renunciar a miles de ellas. Cada comienzo es también una despedida.
Mientras permanecía inmóvil aquella tarde, comprendí que el silencio también escribe. En ese aparente vacío comenzaron a desfilar recuerdos de mi infancia, las voces de algunos maestros, las páginas de los libros que me enseñaron a mirar el mundo y las personas que, sin saberlo, habían dejado frases grabadas en mi memoria. Descubrí que ninguna hoja está realmente vacía. Vacía puede estar la prisa con la que pretendemos llenarla.
Vivimos rodeados de mensajes que nacen y mueren con la misma velocidad con que deslizamos un dedo sobre una pantalla. Las palabras se multiplican, pero pocas consiguen permanecer. La inmediatez ha convertido la escritura en un ejercicio de consumo más que de contemplación. Se escribe para aparecer, para responder, para no desaparecer del ruido. Sin embargo, los libros siguen recordándonos que las palabras importantes necesitan lentitud, como los árboles que tardan años en ofrecer sombra o los ríos que solo encuentran su cauce después de recorrer largas distancias.
Todo escritor carga una biblioteca invisible. En ella habitan las historias que escuchó durante la infancia, las voces de quienes le enseñaron a nombrar el mundo, los autores que despertaron su imaginación y las heridas que nunca terminaron de cerrar. Ninguna página nace verdaderamente vacía. Antes de la tinta ya existen recuerdos, olores, paisajes y preguntas esperando encontrar una forma. Escribir consiste, en buena medida, en escuchar ese murmullo antiguo y darle un lugar donde pueda permanecer.
Por eso la mayor recompensa de un escritor difícilmente sea el reconocimiento. Su verdadera victoria ocurre cuando alguien, quizá dentro de muchos años, abre un libro y descubre en sus páginas una emoción que también le pertenece. En ese instante desaparecen las fronteras del tiempo. Dos personas que jamás se conocieron sostienen una conversación silenciosa gracias a unas palabras que decidieron resistirse al olvido.
Cuando finalmente escribí la primera frase de aquel artículo, comprendí que el problema nunca había sido la ausencia de ideas. Lo que necesitaba era aceptar que toda buena escritura exige primero escuchar el silencio. La hoja en blanco seguirá imponiendo respeto. Nunca dejará de hacerlo. Pero tal vez esa sea su mayor virtud. Nos recuerda que ninguna historia merece escribirse con prisa y que cada palabra lleva consigo la responsabilidad de conservar un fragmento de la condición humana. Mientras exista alguien dispuesto a sentarse frente al silencio de una página para rescatar un recuerdo, una pregunta o un destello de belleza, los libros seguirán cumpliendo su antigua promesa: demostrar que el tiempo puede seguir avanzando sin lograr borrar del todo aquello que una vez fue escrito.

Excelente