Por: Pedro Conrado Cudriz
Santo Tomás no es algo parecido a un texto cualquiera, no; es un libro mayor, porque al enfrentar su lectura lo primero que nos pica el alma es la flagelación y entonces, hay que ver cómo enfrentamos la hoja en blanco, la interrogación planteada para realizar algún tipo de escritura relacionada con esta penitencia, que de alguna manera es Santo Tomás toda. No hay forma de fragmentar esta práctica de la religiosidad popular del resto del cuerpo. Para mí nunca ha sido fácil leer el territorio donde he pasado toda mi vida, leerle sobre todo su “ontología”, y siempre me asombra este fenómeno de la edad media, trasplantado en el territorio por occidente en la época del colonialismo español, aunque alguien pueda especular su práctica antes del siglo 19.
Vivir o apreciar este pegamento como una experiencia existencial nada común, es duro, a pesar de la normalización del picao; es decir, aceptarla de tanto verle pasar por la calle de la Ciénaga desde tiempos inmemoriales. Y no es fácil ver tanta sangre corriendo calle abajo o calle arriba por los siglos de los siglos en la zona lumbar de la espalda. No es fácil para nadie. Por ejemplo, una niña de cuarto de primaria de la escuela pública abrió los ojos horrorizada cuando le preguntábamos al colectivo, si algún día uno de ellos se flagelaría en el escenario teatral de la primera calle.
Y frente a este caso, los niños están muy claros: ellos no lo harían nunca. Sabiduría cultural, diría mi amigo ex cura, Blas mejía.
Y esta actitud de hoy no puede tranquilizarnos a pesar de que vivimos insertos en el movimiento hedonista del mundo, atravesado por el cambio generacional. El caos, la velocidad y la incertidumbre nos matan. Y no hay manera de saber qué pasará mañana con alguno de estos chavales.
Primero el goce y luego tal vez el dolor del cuerpo.
A todos nos espanta ver la sangre brotar de un cuerpo humano, porque nos remite inconscientemente al peligro, o al drama de la sobrevivencia, y a los niños los afecta más, ya que, al sobrecogerlos, la muerte los condena a la soledad, o al desamparo. Tengo presente la confesión al viento de un alumno de primaria, que nos informaba que su abuelo se flagelaba y a él le daba duro verlo sufrir.
Los niños son menos complicados que los adultos. De las causas de los pegamentos flagelantes dijeron: se flagelan porque pierden; o por pecadores; o porque se atreven ayudar a los demás; o porque recuerdan la muerte de Dios; o porque imitan el sacrificio de Cristo, o porque están locos.
Y fue entonces cuando gritaron defensivamente contra la flagelación: dijeron en coro: Noooooooooo.
Santo Tomás está dividido entre los que estigmatizan la manda de la flagelación y los que casi la aceptan como lo hace el antropólogo, o el sociólogo al reconocerla como un fenómeno social.
Al preguntarle a los infantes si alguno sentía vergüenza, una voz cuasi apagada se soltó del barullo para decir: un poquito.
Y ante la supuesta dualidad del cuerpo, otro chaval dijo que no, porque “En el cuerpo todo está junto”.
En medio de los gritos y el calor del curso se escuchó una voz femenina: “Se flagelan porque están locos.”
Al final un alumno hizo la desconcertante pregunta: ¿Qué pasaría si no tuviéramos cerebro?
Posdata:
¿Por qué los tomasinos somos como somos?
¿Quiénes han influido para ser lo que somos hoy?
¿Nos podemos liberar de las influencias que nos convirtieron en lo que somos?
¿No parece raro haber nacido en un pueblo que se flagela?
¿Cómo nos afectó?
¿Qué tan marginal es el pegamento de la flagelación en santo Tomás?
¿Ha evolucionado la flagelación? ¿Cómo?
¿Qué clase de actor de teatro es el flagelante?
¿En qué otros territorios de la nación persisten penitencias del siglo 18?
¿Por qué en Bogotá existe todavía la práctica de subir de rodillas el cerro de Monserrate?

Excelente ,gran reflexión para seguir en la búsqueda
En Santo Tomás, el rechazo de muchos niños a los flagelantes no es simple desinterés, sino un cambio de mirada. Hoy crecen con valores centrados en el cuidado del cuerpo, la salud emocional y los derechos, por lo que prácticas de dolor físico les resultan difíciles de comprender o aceptar.
Además, hay una desconexión entre el rito y su significado. Sin una explicación profunda, la flagelación se percibe más como sufrimiento visible que como acto espiritual. En ese contexto, la figura de Jesucristo ya no se asocia al castigo corporal, sino a valores como el amor y la empatía; es una reinterpretación generacional de la tradición.
Desde niño escuché hablar de Los Penitentes de Santo Tomás, una experiencia de sufrimiento para ganar indulgencia ante la iglesia. Históricamente hay un hábito que se ha interiorizado, a través de los pasos sufridos y la expiración en un momento final. Este acto de sufrimiento – reiterativo – es coherente con la cultura religiosa dominante. Tal coherencia – detesto lo coherente, decía Schopenhauer, porque impide la posibilidad de cambiar de opinión – es un exabrupto que puede desmontarse a partir de una conciencia social que reflexione sobre el sufrimiento, sin latigar el cuerpo. Ser incoherente exige un acto de rebelión, una conciencia subjetiva que hay que educar, una estructura sociocognitiva que debe desmontarse. El cuerpo, este cuerpo que todos poseemos, que se auna en la corporeidad, donde el cuerpo vivido es una forma de estar y ser en el mundo. En palabras de la profesora Eugenia Trigo, una de sus reflexiones que exalta el cuerpo y su importancia en el paradigma de la vida, no del sufrimiento: “Desde los planteamientos de las Ciencias de la Motricidad Humana, la trascendencia es el sentido de la vida y la motricidad es el movimiento intencional de la trascendencia (contextualizada en el cuerpo), vale decir, solo vivimos cuando nos trascendemos física, psíquica, psicológica, política y moralmente, no es algo que tenga que ver solo con la educación física, sino que está relacionado a la existencia propiamente humana”. Buena reflexión, estimado Pedro.