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febrero 22, 2026

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

Entre animales

Por: Pedro Conrado Cudriz

Yo soy otro animal más; animal humano. No como el perro por supuesto, pero animal. Somos tan mamíferos y carnívoros como ellos, igual tenemos un instinto sexual parecidos, con la poética diferencia que el can no tiene la estructura moral ni ética de nosotros los humanos.

Y lo increíble es que en casi todas las viviendas de los pueblos y ciudades de nuestro mundo hay perros y gatos, loros, morrocoyos, hicoteas, burros… Estamos rodeados de animales, vivimos entre animales…

La domesticación ha sido el instrumento de cambio. Desde los tiempos aquellos de los palafitos, la alimentación permitió la cercanía perro-hombre. Se conocieron y luego se reconocieron y finalmente se aceptaron tal como son, bípedos y cuadrúpedos.

Y según Martín Caparrós, lo parafraseo, los hombres somos hombres porque inventamos una forma de relacionarnos con los animales y ser diferentes de ellos. “Hombres, digo”. (1)

Los integraron y claramente se separaron de ellos para tomar consciencia de las diferencias. Acogerlos o aceptarlos no significó otra cosa que poder y dominio. Y la domesticación es entrenamiento, sometimiento, encadenamiento, la realización de tareas como traer agua del río, como en algunas partes del mundo lo hacen los jumentos y los bueyes cargando madera u otros objetos, etc.

En casa y desde muy pequeños teníamos perros, gatos y burros. En alguno de mis poemas, el Chino Conrado, mi padre, mató borracho un can negro, que dormitaba en el patio y que finalmente logró morderlo. Y aquel crimen se podía cometer sin ninguna clase de culpa. Hoy no.

En mi nueva familia hemos tenido dos pequeñoscánidos, Tibio, fue el primero, ya murió, y Bruce, que disfruta de las mieles de los afectos familiares.

Tengo perfectamente claro que la domesticación ya surtió sus efectos y Bruce está alineado a la medida de los deseos de la tenedora, o dueña, que es mi hija Melissa; aunque haya que bajarlo a tierra – vivimos en un segundo piso- para que descargue sus necesidades perrunas, como nosotros lo hacemos en el baño. Bruce baja tres veces al día, porque si no tiene el hábito de continencia no podría convivir con nosotros.

A veces tengo la rara intuición o sensación que nos entendemos, que cada uno de nosotros nos adivinamos los pensamientos. Ojo, nadie puede atreverse a desmentir esta presunción mía. Los que han visto un can conviviendo entre autos en la ciudad saben muy bien de lo que hablo.

Vivir rodeado de animales nos plantea conductas de corte éticos. Por ejemplo, aquellas relacionados con la limpieza, la conjugación de hábitos humanos y animales. Y, sin embargo, nos asombramos cuando existen humanos comportándose como verdaderos animales cuando se extravía la conciencia moral humana. Es entonces, que la línea roja que nos separa se vuelve líquida y terminamos masacrando a conocidos o desconocidos. Y no es por la capacidad de pensar o razonar, no, es por la perdida de humanidad.

Ahora mismo el lector puede pensar en la anomalía del caso Jeffrey Epstein y su corte de blancos pedófilos en los Estados Unidos de Norteamérica y el resto del mundo.

La bestia nos persigue.

El caso es que convivir con alguien que no articule palabras, o que su silencio sea sagrado, es extraordinariamente raro, sigo parafraseando a Caparrós. Con las personas sordas o con discapacidad auditiva existen las señas, que es otro tipo de lenguaje para comunicarnos. Pero con el cánido es otro cantar. A veces nos parte el alma verlo padecer alguna dolor o enfermedad y, por lo tanto, hay que correr como si fuera un niño al veterinario para la cura. El animal no nos dice qué tiene, solo su cuerpo y sus ojos parecen hablar, comunicarnos lo que siente.

Y es aquí, justamente aquí, que la convivencia con el animal nos afecta la humanidad y por obligación hay que valorarla. Los que aman a otra persona saben de lo que estoy pensando y escribiendo. Reconozco que hay gente que no tolera los animales; o los odia por alguna razón que desconocen, prejuicios o algún preconcepto.

Odiar es más fácil que comprender, porque entender implica hacerse preguntas, los porqués mayéuticos.

Siempre me he preguntado por la relación misteriosa que existe entre el pajarero y su rosita; o entre el tenedor y su can; o entre parejas amorosas humanas. El misterio del afecto es una constante entre las parejas que se aman, porque entre un hombre y una mujer el amor muchas veces se agota, pero entre los seres humanos y los animales crece. Todavía me sigo preguntando si existe en verdad el amor, el amor humano. No tengo dudas del afecto, pero si del amor.  

Martín Caparrós. El reino animal. Revista el malpensante, agosto 2025