Por: Pedro Conrado Cudriz
Escribí amor y otro día logré escribirlo en una carta dirigida a otra mujer; a estos dos vocablos afectivos los separa la lejanía y quizás la cercanía. Los separa la dialéctica del abismo, el vacío que cada uno carga en la mochila que descansa en la espalda; a veces se encuentran y desencuentran como amantes irredentos. Se desnudan sin los sentimientos perturbadores de la vergüenza extraña. En las palabras hay días recargados de sustos y fe; existen otros momentos donde nadie sabe qué significan los vocablos, porque hay ceguera peligrosamente cínica como el vendedor de buena suerte. En cosas de amores embriagados de otro, no debe faltar nunca la lupa de la luna, el diccionario de los afectos y la movida de la cocina donde se aza parte del lenguaje. Amar a alguien es una locura frenocómica, el delito de los agravios, vergüenza no compartida; golpes bajos de odios. El cuerpo, quien no lo creyera, no está preparado para las descargas eléctricas del corazón, igual las patadas de burras del amor. Los amantes prefieren el manto de la noche, cero interferencias, la vastedad plástica de la noche.
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¿Dónde está el día? ¿Dónde nace la noche? Abro los ojos para que entren en mí con la velocidad de la liebre y terminen bañando los mares, la tierra. Un día son todos los soles o toda la oscuridad del planeta; la suma de los días y las tardes alegres mojadas de tristeza, hasta cuando crece la sombra de la noche. Y baña la memoria de todos los hombres; de todos los animales camino a la llanura, a la montaña, al ruido y luego, más tarde que luego, queda todo reposando para el día que sigue. Y la luz termina siendo más sabia que el hombre, que la muerte, que todos aquellos que nacerán en cada horario de luna llena en el futuro, en la angustia Sísifa de la noche.
De cualquier manera, de este lado de la tierra, el sol muere para nacer al otro día con la esperanza de afectar la piel del traje humano. Y la noche existe para descansar.
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Llegó puntual al sanatorio mental y la espera psiquiátrica se hizo insoportable, duró casi una hora rodeados de tiempo faltante y rezos, hasta que la doctora abrió la puerta del consultorio y lo dejó entrar. Pase, habló la mujer. En el lugar de atención había un resto del equipo esperándolo. Él se encontraba bien pero no en todas las sílabas y letras del vivir. Y llegaron las preguntas como los primeros aguaceros. ¿Cómo se siente, sigue escribiendo? Pensó la respuesta y supuso que al estar en calidad de paciente no podía negarse a responderle a la psiquiatra, menos delante de todo el equipo, tres bisoños médicos. La incomodidad era evidente y, sin embargo, dijo en la mecánica de su mente, Bien, bien. Temía que lo calificara el cuadro de asistentes de enfermo mental, o de ser un individuo extraño. Y él estaba decidido a no contar los secretos de su mente, razón suficiente para desviar la barca del destino predeterminado y solo hablar de la rabia contra la marginalidad de los negros, de los pobres, o los inmigrantes. Todo el equipo seguía atento a las culebras que vomitaba su boca. ¡Ya está bien! Se escuchó la voz colectiva de los galenos en el pequeño consultorio pintado de un amarillo tenue, avergonzado, donde no había un mueble donde recostarse para narrar las peripecias mentales para no enloquecer. Se quejó de la epidemia depresiva del mundo, igual que la nacional, porque él se encontraba ahí, en medio de una de las capas de aquella contrarrevolución de la mente. Él era otro de los millones de sobrevivientes del orbe buscando pepas para alcanzar el sosiego espiritual necesario para funcionar en el mundo de los otros. Estar jodido de la mente era estar jodido de la mente. No es otra cosa. ¿Cuántos están jodidos de la mente en Colombia? Su amante reciente estaba feliz de haberlo tropezado en el camino, porque encontrar a alguien como él no era fácil, ya que todos no se declaraban cuasi locos a pesar de los sufrimientos padecidos. Lo que ella ignoraba era que la mente de su amante bordeaba los mojones fronterizos de la internación en un sanatorio de la ciudad, y no se sabía cuándo colapsaría su mente. De cualquier manera, la mente seguía ahí en el resto de las horas de la existencia, esperando no sé qué cosas.

Si hay algo que caracteriza la prisa poética de Pedro Conrado es esa búsqueda existencial, que muchas veces reflejan una búsqueda absurda ante el vacío de la nada…
En este escrito, el amor se convierte en la esperanza mágica de ese nihilismo existencial.
Si hay algo que caracteriza la prisa poética de Pedro Conrado, es esa búsqueda existencial, que muchas veces reflejan, una búsqueda absurda ante el vacío de la nada…
En este escrito el amor se convierte en la esperanza mágica de ese nihilismo existencial.