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noviembre 30, 2025

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Una Nueva mirada

Lo que ganamos al perder: una reflexión sobre la evolución humana

“No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio.”
— Charles Darwin

Por Larrys Fontalvo Rodríguez

Evolucionar no ha sido simplemente añadir capacidades, sino también dejar otras atrás. A lo largo del camino evolutivo, los seres humanos no solo ganamos lenguaje, tecnología o conciencia simbólica; también perdimos sentidos, estructuras y reflejos que alguna vez fueron esenciales para nuestra supervivencia. Esa paradoja —perder para adaptarnos— nos revela que la evolución no se trata de perfección, sino de transformación.

Uno de los casos más evidentes es el sentido del olfato. En algún punto, la selección natural priorizó la visión sobre el olfato. Según Niimura (2012), de los aproximadamente mil genes olfativos presentes en mamíferos, casi la mitad están inactivos en los humanos. Nuestro olfato, alguna vez vital para la caza, la orientación o la detección del peligro, hoy está relegado al disfrute estético de aromas.

La pérdida de habilidades va más allá de los sentidos. Estudios recientes, como el de Wang et al. (2019), han detectado una respuesta cerebral sutil ante campos magnéticos rotatorios, lo que sugiere que alguna vez pudimos orientarnos con base en el campo magnético terrestre, como aún lo hacen aves y tortugas. Sin embargo, esa capacidad fue desactivada por la aparición de mapas, brújulas y, más recientemente, GPS. Como otras facultades, simplemente se volvió irrelevante.

El cuerpo humano también cuenta su historia de renuncias. El coxis, ese pequeño hueso al final de la columna vertebral, no es más que el vestigio de una cola funcional que nos ayudaba a trepar, equilibrarnos y comunicarnos. Al igual que el pliegue semilunar en el ojo —residuo de la membrana nictitante que todavía protege la vista en aves y reptiles—, estos restos anatómicos son huellas fósiles de lo que fuimos (Shubin, 2008).

Incluso órganos como el apéndice vermiforme, tradicionalmente considerado inútil, han sido reivindicados recientemente. Investigaciones sugieren que podría desempeñar funciones inmunológicas, como la protección de bacterias beneficiosas en el intestino (Smith et al., 2009). Aun así, su carácter prescindible para la mayoría de las personas marca una tendencia evolutiva hacia su desaparición.
Las muelas del juicio —esas terceras molares que a menudo deben ser extraídas— también son un ejemplo claro. Eran útiles cuando nuestra dieta incluía raíces y carne cruda, pero con mandíbulas más pequeñas y alimentos cocidos, se volvieron obsoletas. De hecho, un porcentaje creciente de personas nace sin ellas, lo que indica una posible desaparición futura.

Y qué decir del vello corporal. Al perderlo, desarrollamos una forma altamente eficiente de termorregulación: la sudoración. Sin embargo, la falta de pelo también nos hizo dependientes de la ropa, el fuego y el refugio. Perdimos nuestra armadura natural, pero ganamos adaptabilidad cultural.
Hay también músculos y órganos vestigiales que ya no cumplen funciones claras. El músculo palmar largo, por ejemplo, está ausente en cerca del 15% de la población sin afectar la función de la mano. Los músculos de las orejas, capaces de orientarlas hacia sonidos, hoy solo se activan en pocas personas como una curiosidad. El órgano vomeronasal, usado en otras especies para detectar feromonas, existe de forma rudimentaria en el embrión humano, pero no conecta funcionalmente con el cerebro (Gilbert & Barresi, 2016).
A medida que avanzamos, la evolución nos recuerda que no todo lo que se pierde es una desventaja. Darwin (1871) ya había advertido que los órganos inútiles eran vestigios de un pasado funcional. Hoy, cada gen silenciado y cada estructura atrofiada nos cuenta que evolucionar es también saber renunciar.

En este contexto, la pérdida no debe verse como un defecto, sino como el costo de ganar lo que ahora nos define: la memoria simbólica, la cooperación compleja, la cultura, la imaginación. Lo que nos hace humanos no está solo en lo que tenemos, sino en lo que hemos sabido dejar atrás.

Referencias
• Darwin, C. (1871). The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex.
• Gilbert, S.F., & Barresi, M.J.F. (2016). Developmental Biology. Sinauer Associates.
• Niimura, Y. (2012). Evolutionary dynamics of olfactory receptor genes in chordates: interaction between environments and genomic contents. Human Genomics, 6(1), 57.
• Shubin, N. (2008). Your Inner Fish: A Journey into the 3.5-Billion-Year History of the Human Body. Vintage Books.
• Smith, H.F., Parker, W., Kotzé, S.H., & Laurin, M. (2009). Comparative anatomy and phylogenetic distribution of the mammalian cecal appendix. Journal of Evolutionary Biology, 22(10), 1984–1999. https://doi.org/10.1111/j.1420-9101.2009.01809.x
• Wang, C.X., Hilburn, I.A., et al. (2019). Transduction of the Geomagnetic Field as Evidenced from Alpha-Band Activity in the Human Brain. eNeuro, 6(2). https://doi.org/10.1523/ENEURO.0483-18.2019