Por: Pedro Conrado Cudriz
Cuántas veces en la búsqueda de algo tropezamos emocionados en el camino con cosas inesperadas e impensables, que de alguna manera sirven a los propósitos de lo que buscamos. Esos encuentros fortuitos con las cosas obedecen a la magia de instantes inolvidables y a la indagación incansable y terca de objetos, poemas, artículos de prensa o de revistas, textos escapados de la memoria y otros elementos que ahora escapan al misterio de los recuerdos, al que también le fascina el juego.
Los abuelos con el tino de la sabiduría, dicen todavía que “quien busca, encuentra.” Solo hoy somos capaces de comprender lo mágico de esta frase, su simpleza, pero también su compleja relación con la profundidad del camino.
El encuentro de apariencia fortuita con esas cosas, tiene relación con la voluntad y la paciencia de un sujeto prendido del misterio y del prurito de la exploración, como los arqueólogos incansables buceadores de la antigüedad; individuo obsesivo y sabio que sabe que en el camino del rastreo están los premios y la excitación de la simple existencia.
El indagar funciona con el acto raro del encuentro, con la posibilidad maravillosa del descubrimiento no intencional, con el contacto con ese algo inesperado que aparece antes nuestros ojos fascinados y nos obliga a exclamar: “¡Uy! Increíble, no lo buscaba, pero me sirve.”
En ese fisgoneo de todos los días tropezamos con lo inusual, con un poema olvidado, o un artículo de prensa oculto en las páginas de un libro, o un libro perdido en la memoria de la biblioteca, mientras las circunstancias, los duendes y las cosas se ponen al servicio del milagro.
Husmear resulta entonces un ejercicio extrañamente placentero, un ritual que nos acostumbra a las polillas de la biblioteca familiar, al olor afiebrado de los libros y a los viejos artículos de prensa conservados con un celo desconocido; un ritual primitivo que le ha permitido al hombre hurgar la luna, conquistar espacios físicos inalcanzables, incrementar su imaginación y fortalecer su voluntad de escribano y poeta de lo místico.
Buscar posibilita el encuentro con nosotros mismos, con nuestro espíritu hambriento de luz y sabiduría con los ojos del alma, que son los espejos invisibles de lo eterno; buscar es más que una tarea de la vida, buscar es el camino…
(Este texto fue publicado en El Informador de Santa Marta como el pensamiento central del editorial de un día x)
Posdata: En una nota escrita en uno de mis diarios encontré este pensamiento de Goethe: “Hay una verdad elemental relacionada con todas las iniciativas y los actos creativo, cuya ignorancia mata las ideas y los planes más espléndidos: en el momento en el que uno definitivamente se compromete, la providencia también se moviliza. Suceden toda clase de cosas que lo ayudan a uno y que nunca habrían ocurrido. De la decisión surge toda una corriente de acontecimientos que provocan a favor de uno toda suerte de incidentes imprevistos y de reuniones y de ayuda material, tales que ningún hombre habría soñado que vendrían en su ayuda.”
Genial,lo sabroso de la busqueda
La magia de la búsqueda la llevan consigo los que merodean al descuido en un mundo incierto y desprevenido, los que la han interiorizado haciéndola hábito y vuelto costumbre. Merodeamos en medio de la incierto, pero con una lucidez desprevenida, asombrándonos del detalle inesperado de la palabra, de la mirada que suplica y anhela, de la risa que contagia y refresca la memoria, de una conversación espontanea; del mágico encanto que brota de las palabras de una niña de cuatro años, que muestra el salto brillante que la diferencia de sus pares: “papi, hasta donde yo sé, viejo, no es ningún lugar”, le responde la niña al padre, preguntándole, a punto de salir de casa: ¿papi, para dónde vas? El padre ante la pregunta, responde con una mezcla de seriedad y jocosidad: “voy pa´ viejo”. Para los buenos escuchas y observadores, la magia de la búsqueda se vuelve costumbre.