Por: Pedro Conrado Cudriz
La vida es una mierda, piensa uno a veces, y seguramente lo hacemos porque somos prisioneros de la cotidianidad del instante, de esos que se repiten y repiten sin cansancio (2015, 2016, 2018…), podridos y sobreviviendo a la miseria del crimen y la corrupción. A la desazón de los fogones apagados, al esfuerzo de estirar los salarios al infinito, a la herrumbre de la existencia, al desmadre de los hijos, al dejar hacer y dejar pasar lo que hacen nuestros padres de la patria. A las confusiones burlescas de una cantina convertida en patrimonio cultural, a salir y entrar sin sentido de la escuela, del barrio, de la casa o de la empresa. A estar sentados por horas frente a la hipnótica pantalla del televisor, o con las manos sosteniendo con firmezas los aparaticos con pantallas fluorescentes de los celulares, mientras hay otro ser humano que necesita mirarse en nuestros ojos. A presentir que no hay futuro, o que se murió mientras luchaba con denuedo contra el presente. A los sentimientos más desafortunados, o a los pensamientos forjados en el remolino de las paradojas. Eso es lo que pensamos aturdidos cuando le permitimos al alma pensar como hombres comunes y corrientes, porque hay otros momentos inspiradores en melodías musicales, o en la voz de la poesía, que es la que se atreve a sacarnos de la hipnosis del desastre diario. “Diego, escribe Eduardo Galeano, en El libro de los abrazos, no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y el padre alcanzaron por fin aquellas dunas de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre; ¡Ayúdame a mirar!” Este texto poético es un pedacito del alma del que ignora el mar, y su poesía está en lo que imaginamos, en el rostro del niño que por primera vez palpa en solitario, sin la ayuda del padre, la inmensidad del océano, su misterio, que nunca termina y en el sinfín de sus aguas infinitas. Y encontré entre mis libros, en una tarjeta y escritos de mi puño y letra, estos versos de autor desconocido: “Es la ropa la que ayuda a distinguirte del olor del tigre, / Para ello no realizas ninguna voltereta maratónica, / Solo lo justo para hacerte reconocible entre extraños. / Llegas a casa sin sofocar tu calzado, / Tomas la copa de vino de siempre / Y ordenas un grito para despertar los sustos del silencio. / Nada ha cambiado desde la última vez que besaste / La mejilla de Linda, la bordona de la familia.” Hay que leer uno o dos poemas todos los días, como quien saborea una copa de vino, como un antídoto contra el mal y la desesperanza del mundo.

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