“Mira dentro de ti. Dentro está la fuente del bien, y puede brotar siempre, si siempre excavas.”
— Marco Aurelio, Meditaciones
Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
En los últimos meses, parques, redes sociales y conversaciones entre jóvenes han sido escenario de un fenómeno que ha despertado curiosidad, polémica y preocupación: los llamados therians. Adolescentes con máscaras de animales, colas, y movimientos en cuatro patas parecen desafiar la idea tradicional de identidad humana. Para algunos, es una moda viral; para otros, una forma profunda de autodefinición. Pero más allá del impacto visual, el fenómeno invita a reflexionar sobre el mundo emocional y social que habitan nuestros jóvenes.
El término “therian” proviene de la palabra griega therion, que significa “animal salvaje”, y describe a personas que aseguran sentir una conexión psicológica o simbólica con un animal específico, al que llaman su “teriotipo”. Esta conexión no siempre debe interpretarse de manera literal, sino como una forma de expresión personal que encuentra en el símbolo animal una manera de representar emociones, rasgos o aspiraciones.
A primera vista, muchos adultos interpretan este comportamiento como una simple excentricidad juvenil o una imitación sin sentido. Sin embargo, sería un error reducirlo únicamente a una moda superficial. La adolescencia es, por naturaleza, una etapa de búsqueda. Es el momento en que el ser humano intenta responder la pregunta más compleja de todas: “¿Quién soy?”. En ese proceso, los jóvenes exploran estilos, ideologías, música, estética y, ahora, incluso identidades simbólicas relacionadas con el mundo animal.
La popularidad de los therians también refleja una característica fundamental de nuestra época: la influencia de internet en la construcción de la identidad. Las redes sociales no solo muestran tendencias, sino que crean comunidades. Jóvenes que se sienten diferentes, incomprendidos o solos encuentran en estos grupos un espacio de pertenencia, aceptación y expresión. En muchos casos, no se trata de escapar de la realidad, sino de encontrar un lugar donde no sean juzgados.
Este fenómeno también nos obliga a mirar más allá de la apariencia y preguntarnos qué sienten nuestros estudiantes, nuestros hijos, nuestros jóvenes. La escuela, como espacio de formación integral, no puede limitarse a transmitir contenidos académicos; también debe ser un lugar donde los estudiantes se sientan escuchados, valorados y comprendidos. Cuando un joven busca refugio en una identidad simbólica, tal vez está manifestando una necesidad emocional que no ha sido plenamente atendida.
A lo largo de la historia, los adultos han cuestionado las expresiones culturales de las nuevas generaciones: el cabello largo, el rock, las tribus urbanas, los videojuegos. Cada época tiene sus propias formas de rebeldía y de construcción de identidad. Lo que hoy parece extraño, mañana puede entenderse como parte natural del proceso de crecimiento.
Sin embargo, esto no significa que debamos ignorar el fenómeno ni aceptarlo sin reflexión. La familia y la escuela tienen la responsabilidad de acompañar, orientar y dialogar. No desde el rechazo ni la burla, sino desde la comprensión. Los jóvenes necesitan adultos que los guíen, que los escuchen y que les ayuden a construir una identidad basada en el conocimiento de sí mismos, en la autoestima y en el respeto.
El fenómeno de los therians, más que una simple moda, es un espejo de nuestra sociedad actual. Una sociedad donde la identidad se construye en medio de la influencia digital, la necesidad de pertenecer y el deseo profundo de ser reconocido.
Tal vez la pregunta no sea por qué los jóvenes quieren parecer animales, sino por qué muchos sienten la necesidad de esconder su verdadero yo detrás de una máscara.
Porque al final, detrás de cada máscara, no hay un animal. Hay un ser humano buscando comprender quién es.

Interesante versión. Un amigo me “obligo” a pensar en este fenómeno ayer. Te comparto mi postura.
Therian. Este “fenómeno” puede ser una respuesta al caos y a la incertidumbre del mundo. Ya no hay normas que detengan los tipos y sistemas políticos que han fracturado los derechos humanos de la humanidad. Aquellos que fueron creados en la segunda guerra mundial para que no se repitiera más lo de Hitler. En estos momentos distópicos no hay un modelo fuerte que reivindique derechos y atraiga a los jóvenes. Ahora, no es casual que sea un “fenómeno” de la era J. Epstein, el jefe de la terrorífica banda pedófila de los blancos ricos del mundo. Recuerdo una antropóloga europea, que con el genocida Netanyahu se autodefinió no humana. No es gratis esta percepción. Y lo peor, en el caso Epstein, amigo de Pastrana, lo humano desapareció y fue solo objeto de deseos sexuales. No se salvaron niñas ni niños. Así que mi apreciado amigo, no es raro este caso. Solo en reuniones asumen la acción empática con los canes, zorros y tigres. Quizás se están burlando de los gobiernos del mundo, gobiernos indiferentes y pasivos ante el caso Gaza, Ucrania, Venezuela, Argentina y Cuba. Porqué nos asombramos mientras los genocidios de nuestra época ni siquiera nos pellizcan. Estamos atravesados por la capa más fuerte del sueño. Raro…