“La escritura es la pintura de la voz.” Voltaire
Por: Larrys Fontalvo Rodríguez
La irrupción de la inteligencia artificial en el mundo de la escritura ha despertado inquietudes comprensibles. Para algunos, la IA representa una amenaza directa al oficio del escritor; para otros, una herramienta poderosa que promete eficiencia y alcance. Sin embargo, reducir el debate a esta dicotomía es simplificar un fenómeno que toca fibras profundas de la creación humana.
Escribir no ha sido nunca un acto puramente técnico. No consiste solo en ordenar palabras ni en cumplir estructuras gramaticales. Escribir es una forma de mirar el mundo, de interpretar la experiencia, de transformar la memoria, el dolor, la duda y la esperanza en lenguaje. En ese sentido, ninguna máquina escribe desde la vivencia: escribe desde patrones.
La IA puede producir textos coherentes, imitar estilos y responder con rapidez, pero no habita el mundo. No siente el peso del silencio, no experimenta la pérdida, no se equivoca desde la intuición. El escritor, en cambio, escribe desde la herida y desde la pregunta. ¿Puede un algoritmo comprender lo que significa elegir una palabra después de una noche en vela? ¿Puede la IA escribir con miedo, con fe o con culpa?
No obstante, negar la IA sería un error histórico. A lo largo del tiempo, cada nueva tecnología —la imprenta, la máquina de escribir, el computador— ha generado temores similares. La diferencia es que hoy la herramienta parece “pensar”. Pero pensar no es lo mismo que significar. La IA no sustituye la voz del escritor; la obliga a definirse mejor.
En el ámbito educativo y cultural, la pregunta no debería ser si la IA reemplazará al escritor, sino qué tipo de escritor queremos formar. Uno que delega su voz y repite fórmulas, o uno que usa la tecnología como apoyo sin renunciar a la responsabilidad ética de lo que escribe. Porque escribir implica responder por lo dicho, y la IA no asume consecuencias.
Tal vez el mayor riesgo no sea que la IA escriba, sino que el escritor deje de hacerlo. Que renuncie a pensar, a revisar, a dudar, a reescribir. Que confunda velocidad con profundidad y productividad con sentido. En un mundo saturado de textos, lo verdaderamente escaso será la palabra honesta, la que nace de una mirada crítica y comprometida.
Escribir en tiempos de inteligencia artificial no exige competir con la máquina, sino reafirmar lo humano del oficio: la capacidad de preguntar, de incomodar, de narrar lo que no tiene respuesta inmediata. La IA puede acompañar el proceso, pero el acto de escribir —como acto de conciencia— sigue siendo, irremediablemente, humano.
Porque mientras la inteligencia artificial organiza datos, el escritor sigue haciendo algo que ninguna máquina puede replicar del todo: dar sentido a la experiencia de estar vivos.

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