Por: Deivis Márquez Pérez
La historia oficial de la Independencia colombiana ha sido narrada, por décadas, como un proceso heroico, unánime y moralmente claro. Sin embargo, detrás del relato de libertadores y batallas épicas se encuentra una trama más compleja, llena de tensiones regionales, lealtades fragmentadas y violencias que desbordan la épica patriótica. Entre estas zonas oscuras se encuentra el conflicto entre el proyecto independentista y las poblaciones del sur andino, particularmente la ciudad de San Juan de Pasto, escenario de uno de los episodios más dolorosos de la campaña libertadora, la llamada Navidad Negra, ocurrida el 24 de diciembre de 1822. Este suceso resume la contracara de la independencia, la violencia cometida en nombre de la libertad.
Si bien la narrativa escolar presenta la independencia como el despertar homogéneo de un pueblo, investigaciones históricas han mostrado que fue, en realidad, un proceso profundamente desigual. Las élites criollas de Santafé y otras capitales impulsaron la ruptura con España, pero regiones como Popayán, Pasto y parte del actual Ecuador permanecieron fieles a la monarquía. Esta resistencia no obedecía a un simple conservadurismo, respondía a una compleja mezcla de factores económicos, religiosos y culturales. El historiador Jaime Jaramillo Uribe, nos dice: “La independencia no fue un movimiento homogéneo ni conto con el respaldo unánime de la población, por el contrario, estuvo marcada por profundas divisiones sociales y regionales.” Este proyecto independista no representaba lo mismo para todos, para las élites criollas implicaba autonomía política, para las comunidades indígenas y campesinas podía significar la pérdida de los pactos coloniales que, aunque desiguales, garantizaban ciertos derechos comunales, especialmente tierras y fueros. De allí que historiadores señalen que, para muchos pueblos andinos, el ejército realista no era el “enemigo extranjero”, sino la continuidad del orden conocido. En este contexto, la campaña libertadora debió enfrentar no sólo a las fuerzas españolas, sino a la resistencia de poblaciones que veían en la independencia una amenaza más que una promesa. La más emblemática de estas resistencias fue la de los pastusos; San Juan de Pasto, enclavada en la cordillera y profundamente marcada por el catolicismo barroco, defendió con fervor la causa monárquica, su posición estratégica la convirtió en un bastión realista, dificultando el avance de los ejércitos independentistas hacia Quito, esta lucha entre patriotas y pastusos no fue un mero enfrentamiento militar; Jaime Jaramillo Uribe lo describe de la siguiente manera: “Las guerras de independencia fueron también guerras civiles, en la que el nuevo poder recurrió a métodos de terror para imponer su autoridad.” Los pastusos no eran simples “enemigos de la libertad”, como los describió la propaganda independentista, eran comunidades arraigadas en sus tradiciones, con desconfianzas históricas hacia los criollos del norte y con un sentido de identidad local que chocaba con el proyecto centralista de la naciente República. Esta complejidad fue borrada por la narrativa patriótica que redujo su resistencia a “fanatismo”, legitimando, así, las violencias posteriores.
Tras la Batalla de Bomboná en 1822 y la entrada del ejército libertador a Pasto en diciembre del mismo año, la tensión acumulada entre ambas fuerzas estalló. En una acción que la historiografía pastusa recuerda con dolor, tropas de Bolívar principalmente batallones extranjeros y auxiliares patriotas ejecutaron un saqueo generalizado en la noche del 24 de diciembre de 1822, la llamada Navidad Negra no fue un simple acto de indisciplina militar; fue una operación de castigo; las casas fueron incendiadas, mujeres violentadas, familias asesinadas, bienes saqueados y templos profanados. Pasto fue humillado como escarmiento por su lealtad a la monarquía y por su resistencia prolongada. Este episodio, silenciado por décadas en la historia nacional, expone el lado oscuro del proceso libertador. En palabras de Jaime Jaramillo Uribe: “El estado republicano se constituyó antes como un aparato de control que como una expresión de la voluntad popular.”
En este escenario de violencia y exclusión surge la figura de Agustín Agualongo, líder popular pastuso de origen indígena, que encabezo la resistencia realista contra el ejército republicano; Agualongo no luchaba únicamente por la Corona Española, sino por la defensa de su territorio, de su comunidad y un orden social que, aunque jerárquico, les resultaba más cercano que la abstracción republicana. Su levantamiento expresa lo que la historiografía crítica a identificado como una resistencia popular a l proyecto criollo de nación. La historia oficial convirtió a Agustín Agualongo en un traidor y enemigo del progreso, sin embargo, desde una lectura critica, puede entenderse como un actor político que encarno la voz de sectores subalternos, Jaime Jaramillo Uribe advierte que: “Los grupos populares rara vez encontraron en la Republica un espacio de representación real, lo que explica la persistencia de rebeliones y resistencias locales.” Agualongo fue derrotado militarmente y ejecutado, pero su figura quedo arraigada en la memoria colectiva de San Juan de Pasto como símbolo de dignidad y resistencia.
Para Pasto, la independencia no significó libertad, sino devastación. La Navidad Negra no sólo destruyó una ciudad; también fracturó la memoria histórica del país, que optó por callar aquello que contradecía la imagen heroica del libertador y de su ejército. Tras la masacre, la joven República mantuvo a Pasto bajo vigilancia militar y política; la desconfianza hacia la región continuó durante décadas y la memoria de la Navidad Negra quedó relegada a la tradición oral y a historiadores regionales que denunciaron la parcialidad de la historiografía nacional. No es sino hasta finales del siglo XX que el episodio comenzó a ser abordado con mayor rigor, permitiendo revisar críticamente el proceso independentista.
Hoy entendemos que la independencia no fue una cruzada homogénea de héroes contra tiranos, sino una serie de conflictos internos donde regiones enteras fueron castigadas por no encajar en el proyecto centralista. Reconocer estos episodios no disminuye la importancia de la independencia; la humaniza y la desmitifica, permitiendo comprenderla en su complejidad. La historia oscura de la liberación de Colombia y la Navidad Negra de Pasto nos obliga a mirar más allá de la épica y a reconocer que la nación se construyó también sobre violencias, imposiciones y silencios. Entender la independencia en su dimensión conflictiva no es un acto de resentimiento histórico, sino de responsabilidad con la memoria colectiva. Pasto, lejos de ser un “enemigo de la patria”, fue víctima de la incapacidad del nuevo Estado para comprender las diversidades culturales y políticas del territorio. La Navidad Negra recuerda que la libertad, cuando se impone por la fuerza, se convierte en sombra. El desafío contemporáneo consiste en reescribir la historia nacional incorporando estas voces excluidas, permitiendo que la memoria ilumine las zonas oscuras y que la idea de libertad sea, por fin, un horizonte compartido.

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