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noviembre 30, 2025

La Primicia Noticias

Una Nueva mirada

El chisme, o la dictadura de la vigilancia

En el marco enfermizo de las suposiciones secretas, los pasquines terminan por agravar y reforzar la tensión del rumor, porque sacan clandestinamente los secretos que, aparentemente, guardan celosos los dueños.

Por: Pedro Conrado Cudriz

Por la sociología sabemos que los pueblos pequeños concentran un tipo de relaciones sociales muy primarias, profundamente emotivas, y con la ayuda de un rígido sistema de control social de conducta individual y colectiva, que le permite a la gente hacer un control moral total del comportamiento humano.

Ese sistema es la chismografía.

El conocimiento que cada uno de los integrantes de los grupos de la población tienen de sus vecinos y amigos les permite entrar en una esfera estrecha, que en otro marco sociológico no está permitido. La esfera privada en el espacio de corte rural es inexistente; contra toda opinión y contra cualquier querer; pero sí es adaptable e imaginable para todos los vecinos. El “yo”, ese ser interior conocible en modo de reflexión íntima, no escapa a la censura ni al control del voyerista chismográfico (todos “saben” que fulana es la puta del barrio, o que a fulano su esposa le es infiel…)

Este conocimiento cercano que el grupo tiene de sí mismo hace de la chismografía una especie de juez moral de la sociedad toda para poder controlar la conducta “anómica,” marginal, con tendencia latente a la transgresión de los valores morales; de tal manera, que el control moral de la conducta por vía del chisme le permite al grupo social reforzar el comportamiento tradicional conservador. Entonces, se abandonan los deseos y se hace práctica la renuncia de los instintos para no perder el amor y la consideración de los demás, porque la imagen que tenemos de nosotros mismos es un subproducto de la tribu. La chismografía opera como la conciencia del individuo, que es la que controla sus actos y refuerza sus convicciones, diluyendo las ambivalencias y las violaciones.

Hay la necesidad de aclarar que esta “compañía chismográfica” es irracional por el fuerte ingrediente emocional de la interacción social, que termina convirtiendo el pueblo en un campo de concentración sometido a la dictadura de la vigilancia de los otros. Este celo es tiránico, manifestándose a través de un estigma opresivo para quienes han violado los códigos de la pacata sociedad conservadora, de tal suerte, que esa marca perfora los huesos de la conciencia individual hasta agotarla irreversiblemente, incluso, sustrayendo en el sujeto social su deseo de transformación personal. Pero esta vigilancia sirve para reestimar valores tradicionales y diluir vacilaciones morales.

De cualquier manera, la chismografía es otro espacio operacional y de estudio sociológico rural. Es su condición básica, contraria al hombre de la ciudad. El sujeto no se pregunta ni le importa la sociología, a la que quizás no conozca profesionalmente. La convivencia permanente con el grupo social pequeño, con la tribu, afecta negativamente la mirada y los sentimientos de los convivientes para sentirse culturalmente obligados a vigilar la vida del otro. Se siente un placer raro, indefinible pero personal por controlar la vida del prójimo, objeto de la vigilancia perversa. Entonces, se conforman cofradías enfermizas, vigilantes de la vida de los demás, donde se destilan las debilidades, las flaquezas y hasta las miserias de los convivientes. Las cofradías se conforman para contar las infidelidades de algunos o la conducta estrafalaria de aquel que se cree mejor que el resto de la tribu. En este ambiente cerrado y personal, se establecen relaciones voyeristas, lo que Umberto Eco llamó el síndrome de la sospecha “enferma.”

La sospecha “enferma” es aquella que crea una cadena infinita de suposiciones jamás probadas y todas secretas.

En este marco funcional de suposiciones secretas, los pasquines terminan por agravar y reforzar la tensión del rumor porque sacan de la clandestinidad los secretos que aparentemente guardan celosos los dueños, aunque la publicidad del pasquín agrava y distorsiona la comunicación al caer en un fondo salvaje de relaciones humanas intolerables para fortalecer convicciones ancladas en los rumores, de tal forma, que los pasquines son elementos adicionales al fenómeno de la chismografía. Y, sin embargo, las comunales técnicas de comunicación ocultas evidencian el resentimiento social contra el mundo conocido. Es decir, ese universo dantesco y devorado por la envidia, o simplemente por los privilegios de la división de clases, ante el cual el hombre se muestra impotente. Y lo tiraniza contra un mundo más cercano y fraccionado, el vecino del barrio.

La chismografía es ante todo una conducta social. Emilio Durkheim hablaría de hecho social, o del fenómeno descontrolado de la conciencia personal. El chisme es un estado de ánimo, una predisposición a la creencia fácil del rumor, una vivencia (se vive para el chisme). En el cuento de García Márquez, “En este pueblo va a pasar algo,” la predisposición natural de lo social facilita la creencia de la mentira. En el relato la tensión del rumor refuerza la creencia. “En este pueblo no hay ladrones”, la convicción de Dámaso no está en el origen de sus creencias, sino en los rumores que se divulgan después del robo de las bolas de billar.

La convivencia permanente con el chisme crea una comunidad tendenciosa, que termina estableciendo lazos de complicidad moral, porque todos se sienten cómplices al “pisotear la honra ajena” sin el menor reparo de la víctima. Esa es la razón por la que se establecen lazos de solidaridad activa entre los que han violado los códigos morales o éticos del microuniverso. Entre ellos se establece la fraternidad kunderiana, aquella práctica parecida de los dos sacerdotes desconocidos que, al encontrarse en un prostíbulo, sonríen desvergonzados al mismo tiempo, que se alegran de la desvergüenza.

(Especial para Domingos, Diario del caribe, Barranquilla. Domingo 10 de octubre de 1989)