Por: Pedro Conrado Cudriz
A medida que leía la novela La carretera de Cormac McCarthy, un sentimiento sombrío y desgarrador e incluso de espanto, me invadía y casi estaba locamente convencido, que la geografía de esta ficción era la experimentada historia contemporánea de Colombia. “… Salió a la luz gris y se quedó allí de pie y fugazmente vio la verdad absoluta del mundo. El frío y despiadado girar de la tierra intestada. Oscuridad implacable. Los perros ciegos del sol en su carrera. El aplastante vacío negro del universo.” Y desee que todos los hombres y los chicos colombianos, igual que el hombre y el chico en la novela de McCarthy, tuvieran claro la distinción entre el bien y el mal. Ese “Porque nosotros somos de los buenos,” o papá “¿Tú eres de los buenos?,” o esos, papá “¿Eran de los buenos?” repetido en las interminables conversaciones de padre e hijo, en un mundo fatídico y post- apocalíptico, nos caía, nos tenía que caer bien para sobrevivir y trascender la primitiva hambruna de la corrupción y el crimen nacional.
Mientras leía la ficción, una propuesta de elecciones radicales, y pasaba una y otra vez por la descripción de los paisajes recargados de nieve, aridez, quemazón, abandono, seres canibalescos y el permanente rechinar de dientes por el frío, árboles infestados de nieve y explotando en medio del clima, mi imaginación vagaba por nuestro mundo de muertos, ríos de sangre, seres hambrientos huyéndoles a los depredadores históricos, niños muriendo en los hospitales o desnutridos sin posibilidades de sobrevivir, paramilitares, guerrilleros, pueblos de olvidos, servidores públicos robándose el erario público como si el mundo se fuera acabar y para la travesía necesitaran solo el dinero y no las manzanas para calmar el hambre del momento… Y como el hombre de La carretera que buscaba salvarse en medio de aquel desastre, invocar a Dios era, es insensato. “… Levantó la cara al pálido día. ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma, maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios.”
La realidad de los personajes de la novela, quizá no tengan destino prefijado, o tal vez sea la muerte, y a pesar de eso, en medio de la precariedad del vivir, es el niño el que le permite al padre, que carga constantemente una pistola niquelada, agarrarse a la vida, tenerle algún sentido a esa cosa de cerrar y abrir los ojos a diario, de recordar, comer, imaginar, defenderse, ocultarse, llorar y matar, que es la vida humana. Ojalá sean los niños, nuestros hijos y los hijos de ellos, de los que gobiernan, los que le permitan a esta nación salvarse del desastre inminente de la cleptocracia y el canibalismo de clase y ojalá repitamos una y otra vez lo que le decía el niño al padre: “Nosotros – padre – nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?”

Duro relato