Por: Pedro Conrado Cudriz
No sé en qué lugar y con qué amigos dije que una biblioteca en un pueblo pequeño era el reemplazo de una librería; creo que esta percepción la he pensado y repetido varias veces con amigos, enemigos y desconocidos. Y sí, la biblioteca nuestra está cerrada por problemas burocráticos, que no faltan nunca en este país de clientelas partidistas.
¿De qué se pierde un lector apasionado que vive en un mundo sin librerías?
En el país hay 1570 bibliotecas públicas y 167 librerías hasta el año pasado, estas últimas concentradas en las grandes ciudades. En ningún pueblo de Colombia hay una sola librería. ¿Por qué?
Y cantinas ¿Cuántas?
Bueno, y si las bibliotecas son más bien bodegas de libros ¿qué pasa con los lectores del barrio o de la municipalidad, o con los niños, los adolescentes, los jóvenes y los abuelos lectores?
En Barranquilla no hay muchas librerías, se pueden contar con los dedos de las manos. Se fueron del centro de la ciudad y no hay poder humano hasta el día de hoy en el que un alma caritativamente pudiente y lector las regrese. Y no hablen dogmáticamente de economía. Una sola librería es suficiente en el centro de la ciudad. ¿Cuántas cantinas tiene la ciudad? ¿Cien por cada lector? ¿Suficiente?
Dos preguntas:
¿Por qué en Alegra, o en el Éxito, o en Carnaval no hay librerías? ¿Por qué en 7 departamentos del país no hay librerías? ¿Qué hay detrás de estas realidades madres?
Santo Tomás que se las ha dado de ser un pueblo etnocéntricamente creído, no está alejado de estas deprimentes realidades nacionales a pesar, muy a pesar, de contar con un club de lectura y una feria del libro. Y, además, con una biblioteca pública que parece más bien un carro viejo.
Algunas personas que hemos logrado invitar al club de lectura, nos dicen la mentirilla que no tienen tiempo, cuando ya se sabe que el intruso no es el tiempo, si no el reloj. Y a los que invitamos a la Feria del libro, argumentan que no tiene plata para la compra de libros, cuando hay amigos en el barrio que cuentan con una biblioteca particular en la que puedan prestar libros.
¿A cuántos minutos y segundos están los amigos lectores que puedan facilitarle a otro un libro prestado para leerlo en la mañana o en la tarde, o en la noche?
Sabemos que no son obstáculos el tiempo, la distancia o el dinero para leer. Más bien es un problema de hábito conductual y toma de decisiones, o voluntad pura de aprender o captar lo que no sabemos que no sabemos. Aquí está el núcleo del fenómeno no lector. Casi que se podría decir que no se lee porque a las gentes no les da la gana leer. ¿Misterio? Sí, hay que buscar la explicación del misterio en la casa, en la escuela y en la sociedad toda.
En las mayorías de las viviendas familiares no hay bibliotecas, tampoco en las escuelas, que deberían tener una estrategia diferente a la conducta escolástica de la obligación lectora. En el municipio hay una sola biblioteca, que funciona a medias. Sería interesante que se pensará en abrir oficialmente, en convenio con bibliotecas particulares, varios espacios de bibliotecas barriales acompañadas de política pública con anexiones a las redes departamentales y nacionales. Ganaría mucho la cultura tomasina.

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